AL PACINO CUMPLE 80 INFATIGABLES AÑOS.

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Por Amilcar Nochetti. Miembro de la Asociación de Críticos de Cine de Uruguay (filial Fipresci)

Infatigable es una palabra demasiado larga para el título de una nota, pero es el calificativo que mejor define a Al Pacino, que el sábado 25 de abril cumple 80 años de edad. Las primeras críticas que el joven Al tuvo lo definían como un pichón de Dustin Hoffman, quizás porque era un hombre menudo y bajo de estatura. Pero las similitudes terminaban ahí, ya que Pacino poseía un rostro atractivo y un aire de persona reflexiva, características que nunca fueron precisamente las del feo y nervioso Dustin. Los errores de apreciación respecto a Pacino continúan hasta hoy, porque se lo sigue emparentando con sus colegas de generación Warren Beatty, Robert Redford, Jon Voight, Jack Nicholson y Robert De Niro. Quienes meten a Al en ese saco se equivocan, porque es bastante diferente a ellos, comenzando por Beatty y Redford, dos divos magnéticos en la pantalla, pero sin caudal dramático, mientras que Pacino es un gran actor. Voight, Nicholson y De Niro también son buenos cuando quieren, pero sólo en cine, mientras que Pacino es además un hombre de teatro. En ese aspecto Hoffman podría ser su rival más fuerte, pero Dustin se destacó siempre en obras del siglo 20. En cambio, Al Pacino es un actor de raigambre clásica, un profundo conocedor y un habitual frecuentador del teatro de Shakespeare.

DUROS INICIOS. Pacino tuvo todo muy complicado desde el nacimiento, aunque su destino de actor parecía signado de antemano, ya que sus abuelos eran oriundos de Corleone, villa siciliana cuyo nombre contribuiría a lanzarle al estrellato. Pero antes de la fama, Alfredo James Pacino había nacido en el East Harlem neoyorquino el 25 de abril de 1940 en una familia católica. Era hijo de un ex agente de seguros y un ama de casa que se divorciaron cuando sólo tenía dos años de edad. De esa manera quedó a cargo de sus abuelos maternos, que vivían en el Bronx, ya que su madre debía salir a trabajar para mantener al niño. Ese ambiente de pobreza y marginalidad lo llevó en la adolescencia a estudiar interpretación en academias estudiantiles de Nueva York, para poder evadirse de la depresión y de las penurias económicas que lo acosaban desde que tenía razón de ser.

 

Como siempre sucede en los trámites difíciles del pasaje de la adolescencia a la adultez, lo primero fue la huida, y Pacino no fue la excepción a la regla. Mucho antes de emprender su camino con calma y moderación, Al confió en que -quizá por sus antepasados italianos- Europa sería más accesible que la jungla de cemento ciudadana que tantas contrariedades le planteaba. Está claro que el error fue mayúsculo, y si algo se debe respetar en el actor es que nunca ocultó sus errores a nadie. Hay una contundente declaración suya respecto a ese equivocado paso europeo que dio en su juventud, que no tiene desperdicio: “Nunca podré olvidar mis primeros años, sufrí mucho, pasé hambre y había días en que ni podía dormir. Buscaba trabajo sin descanso e hice cosas que vistas ahora son difíciles de explicar. Una de ellas fue la temporada que pasé en Roma llamando a los Estudios Cinecittá, entrevistándome sin éxito con directores italianos, para acabar una vez más sin un dólar en el bolsillo y volviendo a ver el amanecer sin nada más. No me produce ningún remordimiento decir que al final, y a los pies de la Fontana de Trevi, me prostituí para poder comer. Nunca lo he ocultado, mis amigos y compañeros lo saben. Puede parecer increíble a los ojos de los demás que Al Pacino recurriera al oficio más antiguo del mundo. Pues sí, lo hice, y lo volvería a hacer, porque no hay nada más triste y doloroso que pasar hambre… eso es terrible”.

 

El paso en falso no lo amilanó, porque como contrapartida Pacino siempre fue un ser perseverante y con mucha fe en sí mismo. Volvió a Nueva York y se matriculó en la High School for Performing Arts, mientras se ganaba la vida trabajando como acomodador en un cine. Poco después entró al Actor’s Studio, llegó a conocer y trabar mediana amistad con dos de sus ídolos mayores (Marlon Brando y Paul Newman) y llegó a convertirse en uno de los alumnos predilectos del fundador del instituto y creador del famoso Método, Lee Strasberg, con quien años más tarde compartiría cartel dos veces en la pantalla (en El Padrino 2 y Justicia para todos). A mediados de los años 60 comenzó a despuntar, ya no necesitaba recurrir a los penosos medios que había utilizado para subsistir, y lo ayudó su amistad con Shelley Winters, protectora de muchos jóvenes principiantes. Debido a esos contactos pudo comenzar a mostrar su novel talento actuando en Broadway, hasta que ganó un Obie por The Indian Wants the Bronx y un Tony por Does the Tiger Wear a Necktie. Ahí comenzó a sonar su nombre, y eso le benefició para entrar al cine en 1969, aunque lo hizo en una mediocre película que ya nadie recuerda: Yo, Natalie, de Fred Coe, una comedia dramática de clase B protagonizada por Patty Duke, James Farentino y Martin Balsam. Pero Pacino había llegado para quedarse.

SURGE UN NUEVO ESTILO. La primera consagración de Al Pacino llegó de la mano del director Jerry Schatzberg en 1971 en un estupendo y olvidado film que en su momento fue impactante por su franqueza a prueba de balas, llamado Pánico en el parque. En una época signada por la glorificación del paraíso psicodélico y la ideología hippie con sus excesos de droga, alcohol y sexo libres, Pacino interpretó de valiente manera a un joven heroinómano al borde de la autodestrucción. Ahí demostró que era mucho más que un actor al uso. Su rol fue un espejo donde pudo reflejar sus posibilidades, su forma reflexiva de actuar y vivir hacia dentro personajes difíciles. En esos momentos Al tenía 30 años cumplidos, aunque parecía más joven, pero viendo ese film en la actualidad ya se percibe en él todo el arsenal que lo convertiría más tarde en el gigante que hoy es.

 

Personalmente me produce enorme impacto ver a Pacino en pantalla, no sólo en Pánico en el parque, sino en el resto de sus labores, aún en las más fracasadas, que tiene unas cuantas. Lo veo y me permite respirar un aroma que se nutre de una especie de mezcla del Marlon Brando sobrio y el Montgomery Clift afiebrado, con ráfagas violentas que sin duda son personales, y que inspirarían más tarde a su alumno Kevin Spacey. Cuando se habla de actores camaleónicos no se menciona casi nunca a Pacino. Se recuerda a Klaus María Brandauer, Vittorio Gassman, Daniel Day Lewis, Peter O’Toole, todos europeos, y no se tiene en cuenta la enorme capacidad de transformaciones a las que ha accedido Pacino, desde la impávida frialdad de Michael Corleone en El Padrino al clasicismo dramático con que encarnó a Jimmy Hoffa en El irlandés, pasando por la desorbitada sobreactuación como el gangster Tony Montana de Caracortada. Para bien o para mal, interpretaciones como esas sólo se dan una vez en la vida, y desde ese punto de vista creo que Al Pacino es un actor-puente entre los grandes nombres del cine de antaño y los que vendrán en el futuro siglo 21. A eso hay que sumar su fama de ser muy disciplinado, un actor que prepara obsesivamente sus personajes torturados, complejos, a veces excesivos.

 

En todos sus roles Pacino se mueve ante la pantalla con una fuerza interior y ademanes totalmente humanos, verosímiles. Pacino sabe cómo calentar los motores de nuestra mente, elevando mínimamente los productos más malos de los que ha intervenido. ¿Por qué? Porque hay momentos que no parece un actor, sino el vecino de al lado. Al Pacino tropieza con las puertas, fija la mirada en sus oponentes como desnudándoles, camina con los brazos colgando, expresa firmeza o duda de manera visceral, como puede hacerlo cualquiera ante una situación límite. Pacino es un actor que traspasa la pantalla y obliga a que escudriñemos hasta su último gesto. Al día de hoy ha realizado 57 labores para las pantallas, y muchas de ellas marcadas por registros tan disímiles que estarían batiendo un record. Por un lado, a veces se muestra como un digno sucesor de Laurence Olivier en la manera de entrar, ocupar la escena y salir de ella, con cada movimiento milimétricamente ensayado en lo previo. Y en otras oportunidades la juega de Marlon Brando, provocando a la cámara con un sinfín de movimientos e improvisaciones. Es decir, Pacino supo unir dos estilos que lucen irreconciliables: el clasicismo británico y la improvisación del Método. En eso es único. Como veremos, tiene labores notables, otras aceptables y algunas mediocres, y muchas veces debió intervenir en películas malas sólo para recaudar dinero con el cual hacer lo que más le gusta: teatro. Pero aún esos fracasos son visibles sin demasiada molestia por su sola presencia.

LA GLORIA QUE DA EL HAMPA. Claro está que en las épocas de Pánico en el parque este cronista tenía apenas 12 años de edad, y además no poseía la bola mágica. Todas estas reflexiones están hechas, como vulgarmente se dice, con el diario del lunes en la mano. Pero en aquel momento un joven cineasta de 32 años de edad captó el enorme potencial de ese joven casi desconocido. Ese hombre se llamaba Francis Ford Coppola, y en 1972 le brindó a Pacino el inolvidable personaje de Michael Corleone. A partir de ese momento, la vida del actor cambió para siempre, aunque tampoco le fue fácil apoderarse del rol. En aquella época nadie quería que trabajase en El Padrino, excepto tres personas: el productor Albert Ruddy, su amigo Marlon Brando y obviamente Coppola. Los peces gordos de Paramount en cambio querían a Warren Beatty o Jack Nicholson, pero después de muchas entrevistas dieron su aprobación y consintieron en que fuera Al Pacino, pero insistían constantemente que no les gustaba cómo interpretaba el papel. Esta reacción de los productores es explicable, porque al fin y al cabo la experiencia de Pacino en cine se limitaba a dos películas, una muy mala en la que desempeñó un papel de pocos minutos, y otra muy buena como protagonista, pero de carácter totalmente independiente. Se han tejido innumerables leyendas alrededor de la preproducción de El Padrino, pero lo que se sabe es que para su personaje el actor hizo dos pruebas, y ambas disgustaron a los ejecutivos, aunque nunca nadie en el cine sabe con certeza qué es lo que va a funcionar en la taquilla. Todo parecía haber desembocado en un callejón sin salida.

 

Fue en ese momento que Coppola demostró su innata habilidad para los negocios. Sin aviso previo, proyectó a los gerentes de Paramount lo que él consideraba un tour de force de cinco minutos de Pacino en Pánico en el parque, y súbitamente los dueños del dinero quedaron complacidos, cambiando de actitud. Coppola y Ruddy se sintieron tranquilos y pensaron que habían ganado, pero se volvieron a equivocar. Las dificultades continuaron cuando el rodaje comenzó y en las primeras escenas proyectadas en privado los dirigentes de los estudios comenzaron a vociferar que Pacino era demasiado tranquilo, apacible y frío, dándole -según ellos- un equivocado tono tímido a un personaje que representaría a un mafioso duro. Para colmo, el actor no se callaba y defendía la técnica que utilizaba: insistía en que su personaje sería más verosímil si al principio aparecía como un tímido universitario para, poco a poco, ir evolucionando hasta convertirse en el hombre implacable que es al final de la historia y continuaría siendo en las dos secuelas que más tarde llegarían. Lo cierto es que todos los intérpretes (excepto Brando) y gran parte de los técnicos se preguntaban si Pacino sabía realmente en qué se estaba metiendo y qué era lo que se proponía. La impresión que flotaba en el ambiente era que si la película llegaba a tener éxito no sería por él, pero el tiempo le daría la razón y su interpretación de Michael Corleone gustaría finalmente a todo el mundo. La crítica se deshizo en elogios. El público lo aceptó de la noche a la mañana y logró una candidatura al Oscar como actor de reparto, incorrecta ya que él es el protagonista de la historia. Como muestra del enorme nivel de expresividad del joven actor, veamos un fragmento de El Padrino 2 en el cual Diane Keaton le comunica que el aborto que padeció no fue espontáneo, sino premeditado. La implosión que registra su rostro resulta mucho más temible que la explosión de ira final.

LABORES RECORDABLES. La saga El Padrino (1972, 1974, 1990) es un imborrable mojón en la carrera de Pacino, pero no es lo único importante. Hay que adelantar al lector que los años 70 fueron la mejor época de su labor para el cine, cuando encarnó con su habitual profundidad psicológica un puñado de personajes inolvidables. Luego, al igual que sucedió con sus compañeros de generación, Pacino comenzó a caer en manierismos, y su carrera se desdibujó en paralelo con la forma en que sus gabardinas y sobretodos comenzaron a llevarlo a él, en lugar de ser al revés, como corresponde. Su exagerado aire cansino ha sido el equivalente de las levantadas de cejas de Jack Nicholson o la irritante sonrisa de Robert De Niro, por sólo poner dos ejemplos visibles. Son marcas de fábrica que revelan al actor trabajando en piloto automático. Aún con ese descuento cada vez que Pacino se tomó en serio sus roles logró destaques importantes. La propuesta es repasar sus tareas más recordables (para bien o para mal), aparte de las citadas de Pánico en el parque y la saga de los Corleone.

 

Espantapájaros (Jerry Schatzberg, 1973): Al es Lionel, vagabundo sin destino, ingenuo, cándido, quizás débil mental, que encuentra en la ruta a un presidiario recién salido de la cárcel (Gene Hackman). A partir de ese momento ambos inician un particular periplo donde surgen dolorosos secretos del pasado. Una road movie emotiva y profundamente honesta, en la que los dos actores se sacaban chispas y eran un lujo extra.

 

Serpico (Sidney Lumet, 1973): Relato biográfico sobre Frank Serpico, un policía íntegro e incorruptible que, a diferencia de sus colegas, nunca se dejó sobornar, lo cual le causó innumerables problemas en su profesión, además de dos fracasos de pareja y un largo exilio europeo, del cual recién saldría a la luz en 2015. Es que se la tenían jurada…

 

Tarde de perros (Sidney Lumet, 1975): Aquí el actor fue Sonny, un delincuente de poca monta que junto a su amigo Sal (John Cazale) intentan robar la sucursal de un banco en Brooklyn. Son dos inexpertos, y de esa forma un robo planeado para ser llevado a cabo en diez minutos termina siendo una trampa mortal para ambos personajes, y un mediático show televisivo en directo. Para la polémica: a mi entender es la mejor labor de Pacino en cine, y debió ganar el Oscar en lugar de Jack Nicholson, que por supuesto también estaba muy bien en Atrapado sin salida. Veámoslo en acción.

Justicia para todos (Norman Jewison, 1979): Pacino como abogado exasperado porque debe defender a un juez corrupto acusado de violación. Además, debe luchar contra un karma personal, ya que en el pasado -debido a pequeños formalismos legales- debió dejar de lado pruebas irrefutables que demostraban la inocencia de uno de sus clientes. El film era honesto pero menor, aunque el actor rendía muy bien en su torturado personaje.

 

Cruising (William Friedkin, 1980): Una labor olvidada para un film que en su momento fue muy polémico. Pacino es un policía que se ve obligado a infiltrarse en los ambientes gays más sórdidos de Nueva York para atrapar a un asesino de homosexuales. Film previo al sida, mostró con increíble dureza para los parámetros de Hollywood un mundo tan aberrante que podía convertir a un hombre honesto en un potencial criminal.

 

Caracortada (Brian De Palma, 1983): Y otra opinión para una nueva polémica. A mi entender, este tipo de labor desorbitada como el gangster Tony Montana se cuenta entre lo peor que puede y debe ofrecer un intérprete de los quilates de Pacino. Sé que entre sus fans y los cinéfilos jóvenes la película y el personaje son “de culto”, aunque la primera me resulte tediosamente larga y la labor del actor me dé vergüenza ajena.

 

Prohibida obsesión (Harold Becker, 1989): Una serie de asesinatos de hombres desnudos atados en la cama llevan al policía Pacino a creer que el culpable pueda ser una mujer. A su vez, se apasiona de la máxima sospechosa (Ellen Barkin, infartante por entonces). Un buen policial con un Pacino bastante contenido y con mucha química erótica con su partenaire. Paul Verhoeven seguramente vio esta película, porque en Bajos instintos sacó varias cosas de ella.

Dick Tracy (Warren Beatty, 1990): Pacino sobreactuando nuevamente, pero como esta vez todo lo que se ve pertenece a un comic particularmente deformado, su labor es un goce. Big Boy Caprice con su doble joroba y sus arrebatos de furor opaca no sólo al resto del reparto sino incluso al propio protagonista Warren Beatty, aunque con Madonna le es más difícil salir triunfante.

 

Frankie y Johnny (Garry Marshall, 1991): El cocinero Johnny sale de la cárcel y es contratado en una cafetería, en la cual trabaja una camarera tan bella como amargada (Michelle Pfeiffer). Una comedia romántica que se deja ver con cierto cariño, en donde lo que más se luce es la fantástica química interpretativa entre una pareja bastante inusual.

 

El precio de la ambición (James Foley, 1992): Una verdadera lección de teatro filmado, basado en obra de David Mamet, con uno de los elencos más sólidos que este cronista recuerde. Pacino está muy bien, pero el resto no le va en zaga: Jack Lemmon, Ed Harris, Alan Arkin, Jonathan Pryce, Alec Baldwin y Kevin Spacey. ¿Hace falta pedir más?

 

Perfume de mujer (Martin Brest, 1992): No es una de sus actuaciones descollantes, pero sirvió a Pacino para llevarse a su casa un Oscar injusto por las tantas veces que lo habían ignorado, también injustamente. Para el peor recuerdo queda la campaña de bajo nivel que el propio actor llevó a cabo durante meses antes de la ceremonia. Sé que comparar es odioso, pero ¿alguien puede creerle a este ciego si antes vio a Vittorio Gassman?

 

Atrapado por su pasado (Brian De Palma, 1993): Carlito Brigante, ex traficante de heroína puertorriqueño, sale de prisión dispuesto a llevar una vida honesta, pero su propio abogado (un irreconocible Sean Penn) termina forzándolo al delito. Un Pacino expresivo y de a ratos frenético en un film ídem, en el cual actuaba dos minutos junto a Jorge Porcel.

Fuego contra fuego (Michael Mann, 1995): El duelo más largamente esperado del cine de Hollywood: Pacino es el policía dando caza al experto ladrón Robert De Niro. Ambos inusualmente contenidos, compartiendo a lo largo del extenso film una sola escena y luego los cinco minutos finales. Un policial de primera línea y dos labores para el mejor de los recuerdos.

 

Brasco (Mike Newell, 1997): Aquí Pacino es un pistolero en decadencia que nunca consiguió acceder a las altas esferas del poder gangsteril porque en el fondo es un buen tipo. Un joven del FBI que debe infiltrarse en la organización (Johnny Depp) se gana su confianza, aunque el veterano mafioso llegue a creerlo un amigo. Una película diferente dentro del género, con rasgos de humanidad que Pacino comunica con sobriedad y estilo.

 

El informante (Michael Mann, 1999): El caso real de un productor de TV (Pacino) que arriesga su carrera al invitar a su programa a un científico de la famosa tabacalera Brown & Williamson (Russell Crowe), que tiene varias denuncias para hacer. Thriller realizado en despachos, con una historia de destrucciones personales sin violencia física, pero con un crescendo de suspenso imparable. Los dos actores se mueven en formidable nivel.

 

Ángeles en América (Mike Nichols, 2003): Miniserie de seis horas de duración en la cual Pacino es la antigua mano derecha del infame senador McCarthy, Roy Cohn, quien ahora se está muriendo de sida acosado por los fantasmas de su pasado, encarnados por Meryl Streep y Emma Thompson, entre otros. La propuesta fue muy exitosa, pero luce extravagante y de a ratos roza el delirio, al igual que Pacino, que luce casi catatónico.

El mercader de Venecia (Michael Radford, 2004): Adaptación de la comedia dramática de Shakespeare, con Pacino como el judío usurero Shylock enfrentado al mercader Jeremy Irons. Dos estilos de actuación contrapuestos, en el que Pacino sale ganando frente al eminente inglés debido a que supo recordar la lección impartida por Michael Corleone: la amenaza que tiene más impacto y poder es aquella que apenas se susurra.

 

No conoces a Jack (Barry Levinson, 2010): Telefilm sobre el doctor Jack Kevorkian, el Doctor Muerte, la figura más representativa en el debate mundial sobre la eutanasia, y a quien Pacino se negó a conocer hasta el día del estreno para poder construir su personaje sin ninguna influencia externa del médico. Pacino logra un equilibrio ideal: se muestra controlado, pero no domesticado, y luce absorbente y sólido como una roca.

Phil Spector (David Mamet, 2013): Nuevo biopic televisivo, ahora sobre el productor discográfico de Los Beatles, que acabó en prisión luego de asesinar en su casa a una joven actriz, aunque el film se centra en el juicio y la relación de Spector con su abogada (Helen Mirren). Ver a Pacino luciendo las extravagantes pelucas de Spector es un placer aparte.

 

Paterno (Barry Levinson, 2018): Tercer telefilm biográfico de Pacino, ahora en la piel de Joe Paterno que, tras convertirse en el entrenador con más títulos en la historia del fútbol americano universitario, se vio envuelto en un caso de acoso de ribete homosexual. El film es menor, pero Pacino se revela como un maestro del engaño, consiguiendo al mismo tiempo demonizar y humanizar al personaje retratado.

El irlandés (Martin Scorsese, 2019): El del título es Robert De Niro, pero aquí las palmas se las llevan Joe Pesci como el capo mafia Russell Bufalino, y sobre todo Pacino como el controvertido, asesinado y desaparecido líder sindicalista Jimmy Hoffa. Un recorrido por los turbios mecanismos internos de la mafia y sus conexiones con la política. Y Pacino en su salsa: señorial, jubiloso, y de a ratos incluso de porte imperial.

 

TEATRO. Y además de todo eso siempre estuvo y estará el teatro en la vida profesional de Al Pacino, por eso lo califico como infatigable. Por sobre todas las cosas este señor es un apasionado animal de teatro, en su doble faceta de director y actor, como lo demuestran dos puestas en escena documentadas para el cine, que deberían exhibirse en secundaria y que no conviene olvidar a la hora de unir esas áreas que muchas veces no suelen convivir bien. Me refiero a la imagen (del cine) y la palabra (del teatro). Pacino dirigió en 1996 En busca de Ricardo III y en 2013 Salomé, dos documentales sobre sus adaptaciones de Shakespeare y Oscar Wilde respectivamente. Obras que filma no por el simple deseo de dirigir, sino por la idea de experimentar sobre los textos, en especial la primera, sobre Shakespeare, indagando acerca del punto de vista de los actores norteamericanos. Un film que, una vez terminado, le lleva a decir que ahora sentía más respeto por los directores, aunque reconocía que se veía mejor como actor. La película fue todo un experimento, un proyecto que tenía en la cabeza sobre cómo podía hacer para comunicar a la gente la obra Ricardo III, además de bucear en el problema que tienen los actores norteamericanos que, hagan lo que hagan con Shakespeare, inevitablemente se sienten en desventaja si se les compara con los actores británicos y rusos.

 

La seriedad con la que Pacino encara cada ocasión que tiene de pisar las tablas la ofrece una declaración realizada hace unos años sobre su labor en la citada El mercader de Venecia. No hay desperdicio en sus palabras: “Me alegra no haber encarnado nunca a Shylock en un escenario antes de haber participado en ese film, porque eso me ayudó a no adquirir determinados hábitos a los que el teatro te conduce indefectiblemente. En escena, uno ha de proyectar; se trata de un estilo totalmente distinto, ya que no hay primeros planos. Aunque me gustaría estar en una situación en la que hubiera hecho mucho más Shakespeare del que hago, porque es bueno sentirlo en carne propia una o dos veces. En una pieza teatral, aun si te toca encarnar a un lancero, estás implicado, comprometido, aprendes sobre la marcha y de un modo que no sería posible simplemente con una lectura de la misma; por lo que la experiencia de estar en ella, de experimentar, es lo más cerca de conocer perfectamente la obra. El Shylock que yo encarné es fruto de una interpretación cinematográfica, no es el conocido por los espectadores de teatro, ya que el resultado es diferente al representado en escena. Con Shakespeare hay ocasiones en que te da muchísimo porque escribió para el teatro. Estoy totalmente convencido que si viviera en nuestros días sería libretista de cine, y por eso sus diálogos serían distintos, sufrirían reducciones, cambios de rumbo, se convertirían en algo opuesto. Es la enorme diferencia de llevar a la pantalla una obra teatral, opciones que caminan por senderos de otro color. Cuando Radford me mostró el guion e iba desplegando los preámbulos de cada escena, los momentos visuales que acompañan las escenas verbales, y luego las partes visuales dentro de las escenas verbales, pensé que existía la posibilidad que Shylock fuera entendido de un modo que en teatro es imposible de conseguir”. Hay que decir como complemento que, por razones de política correcta ajenas al arte y que tienen que ver con el Holocausto, El mercader de Venecia es la obra de Shakespeare menos representada a nivel mundial en los últimos 70 años.  

 

Y al infatigable actor que está cumpliendo 80 años, al que acaba de ser abandonado por su última pareja debido a que “está demasiado viejo”, al que nunca se casó pero enamoró para siempre a Diane Keaton, al que compartió fragmentos de su vida con mujeres de la talla de Penelope Ann Miller, Debra Winger, Kim Basinger, Elle Macpherson, Kirstie Alley, Ellen Barkin y Madonna, al que nunca se casó porque “el matrimonio corta las alas de libertad que posee el ser humano” pero tiene tres hijas con Jan Tarrant y Beverly D’Angelo, al que se dio el lujo de rechazar papeles importantes en La guerra de las galaxias, Apocalypse Now y Mujer bonita, a ese ser infatigable el coronavirus lo acaba de detener, justo cuando tenía todo preparado para el que sería su papel shakespeariano definitivo, el del Rey Lear, donde iba a encarnar al anciano monarca, rodeado de Naomi Watts, Gwyneth Paltrow y Keira Knightley como sus hijas, más el venerable Anthony Hopkins en un rol breve pero fundamental. Habrá que esperar la superación de la plaga que nos azota, para quizás poder paladear lo que sin duda será un manjar de los dioses.

 

 

 

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