ZHANG YIMOU Y EL CINE CHINO VIVIENDO A LOS BARQUINAZOS.

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Por Amilcar Nochetti. Miembro de la Asociación de Críticos de Cine de Uruguay (filial Fipresci)

Representante máximo de la Quinta Generación del cine chino, Zhang Yimou es uno de los nombres más conocidos a nivel internacional del cine de su país. Aunque no todo lo que hace llega a Uruguay, Yimou sigue filmando, continúa siendo un contestatario, y los barquinazos que debió afrontar a lo largo de su carrera son equivalentes a los del cine en China. Por eso para entenderlo (a él y a su obra) es bueno conocer lo sucedido en ese país con el séptimo arte durante el siglo 20.

 

CINE CHINO. Lo primero que hay que aclarar al lector es una cuestión de léxico. No es lo mismo cine chino que cine “en” chino. Aquí nos referiremos a China continental, donde se habla el mandarín como en Taiwán y Hong Kong, pero cuyas tradiciones -y las formas de volcarlas en pantalla- poco tienen que ver con esos reductos, que por razones históricas siempre han estado más influidos por Occidente: Taiwán de Hollywood y Hong Kong del Reino Unido. Por eso aquí no mencionaremos a colegas como Ang Lee o el malayo Tsai Ming-liang, que filman en Taiwán, o a Wong Karwai que, aunque nació en Shanghai, vivió desde los cinco años en Hong Kong, donde realizó toda su labor.

Hecha la salvedad, digamos que el cine llegó a China en 1896, y que la primera filmación se produjo como parte de un show de variedades. Diez años después Ren Jingfeng rodó la primera película china de la historia, La batalla de Dingjunshan, protagonizada por el elenco de la Ópera de Pekín. Pero esa empresa fue un riesgo aislado. Deberían pasar otros once años hasta que comenzó a florecer la Primera Generación del cine chino en Shanghai, la ciudad más floreciente y gigantesca del Lejano Oriente. Desde allí comenzó a promoverse un cine experimental, centrado en la captura de obras de la Ópera de Pekín. Eran los últimos años de la dinastía manchú, en un ambiente de crisis total que impedía el desarrollo de una política estatal, por lo que la producción hasta 1945 se concentró en manos de inversionistas de Shanghai. En los años 30, empero, aparecieron las primeras productoras, y con ellas un cine de mayor preparación. También surgen los primeros divos y divas de la pantalla, con un caso muy notorio en la trágica figura de Ruan Lingyu, que luego de protagonizar los dos mejores films del momento (La diosa y La nueva mujer china, ambas en internet) se suicidó en 1935, a los 24 años de edad. Cien mil personas siguieron el cortejo fúnebre por las calles de Shanghai, en lo que fue definido por el New York Times como “el funeral más espectacular del siglo”. Ese trágico glamour convivía con la influencia de las ideas comunistas, y la técnica desarrollada en la URSS inspiró el cine de esos años, en un país polarizado entre comunistas revolucionarios y nacionalistas burgueses, en un escenario donde los films hablaban de la realidad campesina, la lucha de clases y el imperialismo japonés. Precisamente, la terrible batalla de Shanghai (filmada en directo por Joris Ivens en la notable Los 400 millones) y la toma del poder de Japón terminarían con esas experiencias, imponiendo temas y técnicas exportadas desde Tokio.

 

La segunda fase fue muy breve, e inició como consecuencia de la derrota japonesa (1945). Los directores continuaron con la tradición del cine político y la crítica al régimen dictatorial del líder nacionalista Chiang Kaishek. Películas como El río de la primavera fluye hacia el este (1947) marcaron la pauta de los nuevos enfoques: crónica social y crítica política contada a través de los ojos de una familia común y corriente. No obstante, se introdujeron nuevos géneros como el melodrama, en el que los chinos fueron siempre expertos, a través de la Wenhua Company. La mejor película del género fue en un pueblo pequeño (1948).

 

Con la victoria de Mao Tsetung en 1949 se inició la Tercera Generación. En plena época de política de masas, se vio al cine como un medio de propaganda de gran poder. El control sobre el mensaje que entregaban las películas llevó al Partido a prohibir la difusión del cine de Hong Kong y Hollywood, para potenciar la industria nacional. Era importante para la revolución victoriosa consolidar el punto de vista proletario y crear la conciencia de clase necesaria para fortalecer los profundos cambios que se estaban viviendo a todo nivel. En ese marco surge el primer director chino de relieve, Tsai Tsutsen, autor de la mítica Las lágrimas del Yangtse, que mostró el sufrimiento del pueblo, las difíciles condiciones de vida en un país feudal y la necesidad de organizarse y luchar para cambiar las cosas. La mejora de la técnica fue notable, porque muchos directores fueron a Moscú para aprender, y de eso dan cuenta los números: se produjeron más de 600 películas desde 1949 a 1965. También se fundó la Academia de Cine de Pekín (1956), de donde surgieron las primeras películas animadas, que son chinas y no japonesas como muchos creen.

 

Entonces llegó la Revolución Cultural, y con ella la Cuarta Generación. Mao había escrito en 1942 que “toda revolución cultural es el reflejo ideológico de la revolución política y económica, y se encuentra al servicio de las mismas”. Ese principio se tomó al pie de la letra dos décadas después, fundando la teoría de “la revolución dentro de la revolución”, que provocó desmanes inadmisibles e interdicciones que hoy parecen una estupidez, pero que en su momento resultaron trágicas, como la de prohibir escuchar y bailar música occidental por el sólo hecho de serlo. A su vez, se formó la cohorte de los Guardias Rojos, jovencitos y jovencitas que no habían vivido la revolución original, pero que tomaron los uniformes de sus padres en una nueva vorágine. Los desmanes de los Guardias Rojos no dejaron indiferente a nadie, hasta que Mao debió detenerlos con el ejército. A la que no pudo o no supo contener fue a su cuarta esposa, Jiang Qing, que había aparecido como secundaria en tres films de los años 30. Cuando Jiang lideró la Revolución Cultural se dio el lujo de castigar a los miembros de la industria en venganza por no haberla convertido en diva. Responsable directa de 35.000 ejecuciones, es notoria su saña contra la veterana actriz Li Lili y su esposo el productor Luo Jingyu, denunciados y torturados por orden de Madame Mao debido a que Lili la había eclipsado en sus películas. Muerto Mao en 1976, y pasada la tormenta que derrocó a la sangrienta viuda, Lili fue liberada y vivió hasta los 90 años, aunque para su esposo ya era demasiado tarde: había sido asesinado en prisión.

 

La política de reforma y apertura llevada a cabo por Deng Xiaoping en 1978 abriría las puertas a una nueva concepción de la realidad y la cultura, y es allí que surgió la Quinta Generación, cuyo mayor representante es Zhang Yimou. Los nuevos cineastas enseguida mostraron deseos de expresarse libremente. Acababa de finalizar la Revolución Cultural y, aunque el cine seguía nacionalizado, la ortodoxia política y el control del Estado se habían relajado. Yimou fue el motor de la Quinta Generación, pero junto a él se ubicaron directores decisivos como Chen Kaige (Adiós, mi concubina) y Feng Xiaogang (Yo no soy Madame Bovary), autores de un cine variado en estilo y temas, desde la comedia negra y la sátira política a films históricos, sin olvidar una colosal producción de películas de artes marciales, destinadas al consumo interno.

ANTECEDENTES. Ya desde su mismo nacimiento Yimou mantuvo discrepancias con las autoridades. En efecto, en casi todos lados figura como que el director nació el 14 de noviembre de 1951, e incluso eso es lo que él afirma. Empero, una serie de documentos oficiales lo datan como registrado el 2 de abril de 1950, a lo que Yimou siempre respondió con una sonrisa y un silencio total. Fechas o coqueterías aparte, lo cierto es que su nacimiento coincide con la victoria de Mao y la huida de Chiang Kaishek a Formosa, actual Taiwán, con lo cual Zhang pudo haber sido dilecto hijo de la revolución. No lo fue, porque hay cosas que están fuera de duda. Una es que nació en Xi’an, capital de provincia al norte de China. La segunda es que su padre, un dermatólogo, había sido oficial del Ejército Revolucionario Nacional de Chiang Kaishek durante la guerra civil china, y que un tío y un hermano mayor emigraron a Taiwán después de la derrota de 1949. Un tercer dato es que la madre de Zhang era doctora, pero debido a su boda con un nacionalista fue vigilada durante años: Yimou supo de las dificultades de la vida desde la infancia.

 

Ese permanente nerviosismo se exacerbó en la peor etapa para todo ser humano, el pasaje de la adolescencia a la madurez, ya que coincidió con la Revolución Cultural. En esa época, en la que sus padres perdieron sus cargos científicos, Zhang dejó los estudios y se internó como trabajador agrícola durante tres años, para luego desempeñarse como obrero de una algodonera durante otros siete años en Xianyang. De todas formas, allí no perdió el tiempo, ya que en las horas libres tomó clases de pintura y fotografía amateur, y vendió su propia sangre para comprar su primera cámara. En 1978, caído el régimen maoísta y con un aparato estatal más blando ingresó a la Academia de Cine de Pekín y se especializó en fotografía. Pero para ello debió pasar alguna penuria adicional, debido a que con sus 27 o 28 años había superado la edad reglamentaria para la admisión. Además, no tenía los requisitos académicos necesarios, ya que había abandonado los estudios a los 14 años. Apeló personalmente al Ministerio de Cultura, presentando una cartera con sus trabajos fotográficos amateurs. Las autoridades cedieron y lo admitieron. Cuatro años después se graduó, junto a Chen Kaige y Tian Zhuangzhuang, hoy famosos cineastas en Oriente.

 

A Yimou le fue asignado un puesto como director de fotografía en los Estudios Guangxi, al sur de China, en el límite con Vietnam. Tenía la intención de trabajar como asistente de dirección, pero rápidamente advirtió que los cineastas escaseaban. Se lo comunicó a sus compañeros y juntos obtuvieron permiso para comenzar a realizar sus propios films. Eso posibilitó que Yimou debutara como director de fotografía en la epopeya Uno y ocho de Zhang Yungzhao (1983) y el drama Tierra amarilla de Chen Kaige (1984). Ambos títulos tuvieron éxito en el Festival de Cine de Hong Kong, e incluso el de Kaige está considerado como el film inaugural de la Quinta Generación. Después de ese espaldarazo Zhang volvió a su ciudad natal, donde le llegó una gran oportunidad: fue contratado como director de fotografía y protagonista del film El viejo pozo de Wu Tianming, sobre los esfuerzos de un trabajador por cavar un pozo en su aldea natal, carente de agua, mientras resuelve asuntos pendientes con una antigua novia. Yimou se consustanció mucho con el rol y acabó ganando el premio al mejor actor en el Festival de Cine de Tokio. Tenía 37 años. Había salido de la nada, pasó necesidades, se graduó siendo autodidacta, y ahora no sólo era un gran fotógrafo sino también un actor consagrado. El paso que le faltaba dar lo llevaba directo a ubicarse detrás de la cámara. Era el momento para hacerlo.

SIGLO 20 (1987-1995). Si la historia del cine chino se divide en seis generaciones, la obra de Zhang Yimou claramente puede definirse en cuatro períodos. Dada la vida que el hasta entonces fotógrafo y ocasional actor había tenido, lo más lógico era que al ubicarse tras la cámara eligiera revisar las etapas políticas y sociales de su país durante el siglo 20. En ese período de ocho años tienen cabida siete títulos protagonizados por Gong Li, y con ella llegó el primer escándalo público. Al igual que Zhang, esa joven de 21 años venía de una familia de profesionales (padre economista, madre maestra), había iniciado sus cursos de arte dramático y Yimou la descubrió, eligiéndola ipso facto para protagonizar su debut conjunto, él como cineasta y ella como actriz profesional. Súbita también surgió la pasión, que duró exactamente lo que el primer período creativo de Zhang. El problema es que, aunque el Estado ya no era tan férreo como durante el maoísmo, seguía vigilando a los habitantes, en especial si eran famosos. Y Zhang estaba casado desde hacía diez años, tenía una hija (hoy directora de cine) y ahora abandonaba su hogar de la noche a la mañana para irse a vivir con una chica 15 años menor, asunto muy mal visto en la sociedad china. Como se sabe, las prohibiciones o restricciones avivan el seso a los seres humanos. Si la relación de Zhang y Gong se desarrolló durante esos años con tanta creatividad y unión personal fue debido a que no se rindieron a las convenciones sociales, pese a las presiones que al principio padecieron. Fruto de esa relación fue un hijo, nacido dos años antes de su separación, tema del que no hablan, como orientales circunspectos que son.

 

Fue así que, en medio del escándalo personal, nació Sorgo rojo (1987), el film inaugural de Yimou, que con astucia muy asiática supo plegarse a los esquemas que el cine de esa época debía poseer para evadir la censura e intentar acallar el vendaval causado por su publicitado abandono del hogar. Por eso este debut es una epopeya más ortodoxa que el cine que vendría luego, con su exaltado reparto de bienes rurales, su patriótico perfil ante la invasión japonesa, y su evocación del heroísmo de los labriegos. De todas formas, logró engarzar allí los signos de un lenguaje poético que llegaría a desplegarse plenamente más tarde. Conquistó el Gran Premio del Festival de Berlín y la notoriedad internacional, carta de crédito indispensable para poder seguir rodando sin problemas. Aquí se cuenta la vida de una chica de pueblo vendida por sus padres y empujada a casarse con un bodeguero rico, y además leproso. El caso ejemplifica la suerte de las mujeres en un comienzo de siglo donde la venta de una hija (realizada a cambio de un asno) solía aliviar la penuria económica de su familia. El vínculo accidental con otro hombre, la historia de amor que deriva de ello, y la muerte violenta del marido rico determinarán un destino singular para la muchacha, convertida en dueña de la bodega de vino de sorgo, y luego en cabeza de una comunidad que sabrá hacer frente al invasor. Todo está narrado como una hilera de recuerdos del nieto de esa mujer: se abre con los preparativos de la boda y se cierra con la brutal llegada de los japoneses, en una escena donde el tormento físico y la muerte culminan la hilera de luchas que siembran el relato. En varios momentos se advierte la sensibilidad de Zhang, cuando describe los temores y violencia de la novia amenazada por agresividades múltiples desde su palanquín, camino de la boda; cuando compara el viento que bate un bosque de cañas con otras agitaciones de la conducta y el ánimo de sus personajes; o cuando se detiene en el silencio prolongado de un rostro para acompañar una desolación y una angustia que no se revelan exteriormente. Nacía un director valioso.

Pero como el escándalo personal aún persistía, la pareja no tuvo más remedio que morder el polvo y acceder a rodar en 1989 un film de cuarta, Dai Hao Mei Zhou Bao (algo así como Operación Puma), que el propio Yimou ha descrito como su peor película. Pero doblegarse al pedido de las autoridades fue inteligente, ya que eso -sumado al premio en Berlín- le permitió redondear su primera obra mayor, Ju-Dou, amor secreto (1990). En una aldea china en 1930 el rico tintorero compra una esposa joven para obtener un hijo. Como la descendencia tarda en llegar, el marido castigará brutalmente a la mujer hasta empujarla a los brazos de su sobrino, un huérfano que trabaja para él. Entonces a través del adulterio llegará un hijo: a partir del clandestinaje de esa relación amorosa y la dudosa paternidad del niño, irá degradándose el clima familiar hasta algunos extremos de rencor, separación y muerte. El hilo trágico corre por los hechos pesarosos que ocurren y por el curso imponderable de la desgracia que los preside, pero también por el acompasado ritmo, el silencioso presagio, la elíptica majestad con que avanza el trágico relato. Antigua y nueva es la simulación con que los sentimientos deben ocultarse ante una sociedad represora, la hipocresía con que esa sociedad tolera ciertas crueldades y castiga otras, la forma en que un hecho casual determina el declive a la calamidad familiar, la docilidad con que el hombre prefiere no precipitar un destino que de cualquier modo se desplomará sobre él. Toda esa entrelínea está tejida maravillosamente en esta historia que Yimou cuenta de modo despojado y sencillo, mientras que por fuera permite que el esplendor fotográfico cautive al público y lo prepare para cruzar el umbral terrible de la intimidad. Las hermosuras que arranca aquí al sol que se filtra por las telas tendidas desde el tejado de la casa, o a la penumbra de la máquina de la tintorería, son fundamentales para entender que lo visual es un camino expresivo casi autónomo: las primeras apariciones de la esposa están envueltas en un nimbo de luz cuando la ve el embelesado amante, y la caída de un tinte rojo a la pileta alude al impulso homicida que puede provocar la brutalidad del marido. Similar hilo poético recorre la banda sonora: los gritos lejanos de un cerdo que agoniza comentan los lamentos de la mujer golpeada, y la queja de un perro callejero acompaña la desventura del amante cuando abandona la casa, mientras el ruido de las poleas del taller se contrapone a la música, como si esos golpes marcaran el miedo de los personajes. Ese tejido metafórico impregna al film y se convierte en la medida reveladora de un lenguaje indirecto y finísimo, donde Yimou vuelca el valor del agua y el fuego, que dominan el relato como materia purificadora y como trampa mortífera. En un mundo de seres amenazados se establecen tensiones donde no sólo los hombres, sino también las cosas, asumen un papel engañoso, con impulsos redentores o fatales, según lo dictamine el azar. Nominada al Oscar, en titánico duelo perdió frente a la suiza Viaje a la esperanza.

Luego llegó una obra maestra, Esposas y concubinas (1991). Una joven con estudios universitarios es empujada por la penuria económica a convertirse en la cuarta concubina de un hombre rico, en la China de los años 30. Su llegada a la casa que ese amo y señor comparte con otras tres mujeres desencadenará una sorda lucha por el poder, que se expresa al inicio en detalles nimios, para extenderse luego a un complejo mecanismo de engaños, agresiones y humillación que desemboca en una tragedia. Las linternas rojas que se encienden en los pabellones de cada concubina según el capricho circunstancial del patrón, otorgan a la favorecida privilegios que pueden suprimirse sin previo aviso al día siguiente. Todo se desarrolla de acuerdo a un ritual minuciosamente elaborado, un ceremonial de costumbres y tradiciones que es en realidad una forma educada de extremo despotismo. La habitación cerrada, de la que es mejor no hablar, donde en el pasado otras mujeres han conocido un desenlace fatal, se yergue como silenciosa advertencia a quienes se atrevan a transgredir las normas. Mientras la historia se desenvuelve al compás de las estaciones (desde el iluminado verano inicial, pasando por las melancolías del otoño, hasta el invierno de la tragedia final) Yimou aplica al material un estilo riguroso y severo, con cámara casi inmóvil, encuadres simétricos y un sentido de la elipsis para informar sus culminaciones dramáticas mediante un grito en la banda sonora o la reacción aterrada de un testigo distante. El libreto tiende hábilmente sus hilos, introduce firme y pausadamente datos inquietantes, y se las arregla para acompañar a Gong Li en un par de revelaciones inesperadas que estaban contenidas sin embargo en el planteo inicial. El melodrama era un riesgo para un asunto que incluye dobleces, engaños, venganzas y muertes, pero la sobriedad de Yimou elude el riesgo: al film le alcanza el descubrimiento de las prohibidas linternas en el cuarto de una sirvienta para que el espectador calibre los alcances de su amargura y su postergación, y le basta un juego de miradas entre Gong Li y el hijo mayor del amo para sugerir un sentimiento que no se dice. Algún despistado pensó que esto era otro ejercicio de crítica social retrospectiva, caballito de batalla del cine socialista, donde el cuestionamiento de aspectos censurables del pasado se convertía en el elogio indirecto del presente. Craso error, porque el tema del film es el Poder con mayúsculas y las formas de obtenerlo, ejercerlo y conservarlo. Las variantes de seducción, engaño y violencia del amo y sus concubinas constituyen una serie de círculos concéntricos en torno a un tema central cuya expresión más sutil puede ser la negativa a mostrar en forma directa y cercana al amo, que aparece siempre fuera de cuadro o en planos lejanos, donde los detalles se pierden, o a través de tules y cortinados que desdibujan su figura. Porque el Poder tiene mil rostros y ninguno. Yimou perdió el Oscar de manera injusta frente a Mediterráneo.

Qiu Ju, mujer china (1992) se ubicó en la China actual, y encerró elementos de comedia costumbrista tras los cuales no resultaba difícil descubrir un nuevo cuestionamiento del ejercicio absoluto e impersonal del Poder, sólo que el mensaje era mucho más urgente y resultó molesto a las autoridades. La protagonista es una mujer de pueblo cuyo esposo es pateado en los testículos durante una discusión con un funcionario de jerarquía del lugar donde viven. El incidente es banal, y el médico del pueblo informa al agredido que su masculinidad no peligra, pero la mujer no se resigna. Quiere más que la multa a la que es condenado el culpable: quiere una disculpa oficial, que el hombre se niega a dar. Allí comienza su odisea a través de la burocracia china, recorrido que la lleva primero ante las autoridades del pueblito, luego a la capital provincial, más tarde a Pekín, y siempre recibe una sola respuesta: el organismo jerárquico inmediatamente anterior actuó de manera correcta, el caso quedó cerrado con la disposición del condenado a abonar la multa, “y al fin y al cabo el asunto no es para tanto”. Cuando al final el más alto tribunal del país emita una sentencia diferente, las circunstancias habrán variado tanto que la mujer no deseará que la sentencia se cumpla, pero la maquinaria burocrática ya sabemos que tiene vida propia. El asunto por un lado es una sabrosa ojeada a la cotidianeidad de China, país enorme, contradictorio, fascinante, donde coexisten retratos de Mao y Schwarzenegger. Pero es también otra muestra de la preocupación de Yimou por seres comunes atrapados en la telaraña de un poder que no comprenden ni manejan. En un país donde tres años antes había ocurrido la matanza de Tiananmen, hacerle decir a Gong Li que “ustedes” (la burocracia, el Poder, el Partido) “se protegen entre ustedes, al margen de la ley o el Derecho”, no sólo era un acto de arrojo sino de directa disidencia.

Esa osadía le costó al director un año de “licencia” obligatoria. Volvió con Vivir (1994), donde insistió en su tema predilecto, la soledad del ser humano en lucha contra un sistema de vida injusto. Narró la historia de un joven rico que dilapida la fortuna familiar por su afición al juego, y se ve obligado a ganarse la vida y mantener a los suyos como titiritero, en una China convulsionada por la revolución de Mao. Los avatares del protagonista, su esposa y sus dos hijos resultan duros y trágicos, pero el film navega durante largo rato en el terreno de la ironía, minimizando la tragedia y recurriendo al absurdo, como para que nos sintamos culpables por reírnos de situaciones terribles. Ese humor crítico no pasó desapercibido al gobierno, que montó en cólera al ver que el film había sido presentado en Cannes sin permiso, vendiéndose antes que pudieran meterle el tijeretazo censor. La película ganó el Gran Premio del Jurado, y en venganza Pekín impuso a Yimou una sanción de dos años sin dirigir. La película es un enorme fresco histórico donde Yimou expande el microcosmos de los personajes para hablar de temas universales como la adicción, la muerte, el nacimiento, la amistad o la guerra. El lenguaje sencillo y a la vez elegante maneja un increíble nivel de tono emocional, sin limitarse nunca a la denuncia lisa y llana. Yimou hace hincapié en la fortaleza y el buen humor de los chinos para soportar la adversidad. Más allá de regímenes políticos o coyunturas, la vida sigue, y si bien en esta ocasión la historia está repartida por partes iguales entre la pareja, Yimou vuelve a priorizar la figura de la mujer como heroína capaz de soportar la pérdida de todo (salud, posición social, incluso los hijos) sin perder la compostura. Hembras fuertes de corazón enorme, en una sociedad mayoritariamente masculina que las desprecia y aísla.

La interdicción de dos años impuesta por Pekín quedó cancelada porque Yimou aceptó un film de encargo, La reina de Shanghai (1995), que cierra el mejor período de su labor, en momentos en que su relación sentimental con Gong Li se hacía pedazos. Nada de eso se nota empero en este drama de época y delincuencia, que examina el universo colorido y pintoresco de la mafia de Shanghai en los años 30. El punto de vista es el de un niño que observa a distancia los conflictos de sus patrones, en el cabaret donde actúa Gong Li, que canta, baila y es también amante del dueño. Conspiraciones, amores, y las luces de la ciudad opuestas al tironeo de la nostalgia campesina, constituyen un abigarrado material novelesco que marcó un cambio de contenidos en Yimou, pero fue una prolongación fiel de sus constantes estéticas, porque aquí recuperó el refinamiento visual y la voluptuosidad de sus films más celebrados. Hay una estilización de la imagen y un abigarramiento del cuadro que hacen pensar que Yimou utilizó como modelo al Josef von Sternberg de La pecadora de Shanghai, con su imaginaria reconstrucción de Oriente y su estética casi onírica. Eso le permitió trabajar libremente, aunque su mayor problema seguía siendo que sus films eran muy superiores al nivel general del cine chino, lo cual le generaba aprecios y premios en festivales internacionales, exhibición mundial y el encono de las autoridades chinas que, viéndolo inconformista, lo catalogaron como sospechoso ante los censores.

 

MINIMALISMO (1997-2000). Por eso, entre el derrumbe de su relación sentimental y el intento de supervivencia como cineasta, accedió a un período minimalista de su carrera. Un quinquenio caracterizado por films realizados con escaso presupuesto, en su momento totalmente desconocidos en Uruguay (hoy pueden verse en internet), y que en perspectiva le significaron bajarse medianamente los pantalones. La etapa se abrió con Mantén la calma (1997), una comedia fracasada debido a la decisión arriesgada de hacer un film a partir de un argumento nulo: el seguimiento de un personaje retrasado, respuesta china a Forrest Gump, aunque luego no lo sea tanto y parezca movido por querer cortarle la mano a un hombre que le dio una paliza. Pero no hay nada más. Eso acaba volviéndose en contra del film ya que, pese a que Yimou consigue que nos impliquemos emocionalmente con su protagonista y su compañero de andanzas (un Quijote y un Sancho Panza chinos), el deambular de los personajes se convierte en un torrente de agotamiento y hastío. Nada salva la sensación general de desorden en torno a la imposibilidad de construir una película sin argumento, con lo cual no se desarrollan ni los personajes ni sus conflictos.

 

Las concesiones al gobierno siguieron en Ni uno menos (1998). No fueron muchas, pero sí groseras, y le bajan el promedio a lo que pudo ser una buena película. Porque muy lograda es la pintura de la escuelita rural con una sola aula, cuyo presupuesto alcanza apenas para una tiza diaria. Esa escuela es virtualmente fronteriza, porque parece erigida literalmente en medio de la nada, y en medio de privaciones que muestran la otra cara del “milagro chino”. En ese sentido hay un valor histórico-didáctico, pero Yimou no va más lejos, aunque el tema daba para mucho. Porque el maestro titular de la escuela se fue de viaje y una muchachita de 13 años viene a hacerse cargo de la clase. La formación de la pequeña es nula, y sus aptitudes académicas inexistentes. Lo suyo son las ganas, el empuje y una necesidad acuciante: le prometieron dinero si al volver el titular le devuelve el aula con la misma cantidad de alumnos que recibió (“ni uno menos”, como dice el título). La película se ve bastante bien, pero en los últimos minutos inventa uno de los finales felices más execrables que se recuerden, que lava la cara a una China descaradamente capitalista y a una institución siniestramente comprometida con ese estado de cosas: la TV oficial. Claro, de esa manera Yimou iba a poder seguir trabajando.

 

Cautamente, el director prosiguió con El regreso a casa (1999), donde a los 20 años de edad debutó en cine Zhang Ziyi. La historia arranca en el presente, cuando el hijo pródigo de una familia humilde regresa al pueblo natal a sepultar al padre. El finado fue maestro de escuela en el pueblo durante cuatro décadas y, como tal, un hombre querido y valorado por los lugareños. Su cadáver está en la morgue de la ciudad más próxima (que no está nada cercana) y la viuda se emperra en traerlo a casa según prescribe una antiquísima tradición: cargando el féretro a pie. El pasado ocupa un largo tramo central, y reconstruye la génesis y primeros años del romance entre el maestro y esa mujer que hoy no deja de llorarlo. Yimou eligió el blanco y negro en tono frío para el presente y el color para los días de 1958 en que se gestó el amor, único dato que escapa a las convenciones. Lo demás se deja ver por el buen oficio de Yimou, aunque todo está dirigido en piloto automático.

 

Este incómodo período minimalista cerró muy bien, gracias a que Yimou pudo tener más libertad debido a que Terrence Malick ofició de productor ejecutivo de Tiempos felices (2000). El protagonista es un jubilado algo miserable que, harto de buscar pareja entre jovencitas y ser rechazado de continuo, decide que la única forma de encontrar esposa es casarse con una gorda infame. Así dicho suena muy duro, pero es la realidad. La gorda le pide 50.000 yuanes para casarse, y como el hombre no tiene ni para fumar decide pedirle plata a un amigo, que en cambio le sugiere montar un hostal en una furgoneta abandonada. La gorda infame además le entregará a su hijastra ciega, a la que odia, con la excusa que la chica necesita trabajar, y la echa de su casa dejándola en manos del protagonista. A partir de aquí el hombre comenzará a crear una espiral de mentiras para que la cieguita no sufra. El dramatismo viene envuelto por un halo de comedia que mantiene una sonrisa en la boca del espectador durante parte de la película, pero la interrumpe casi siempre con motivo de la cruda realidad de la joven ciega, que anhela una operación que le devuelva la vista que un tumor cerebral le arrebató, antes que su padre la abandonara. Lo que aquí se cuenta es un melodrama, pero se sostiene sustentado en un buen guion y una cuidada puesta en escena, que saca máximo partido a escenarios vulgares, como ese viejo taller donde el protagonista inventa un salón de masajes. Además, hay una efectiva crítica a una sociedad dominada por el dinero, única preocupación de todos, que prácticamente aparece en cada frase, deja notar su sinsentido, pero yambién lo imposible que es vivir sin él.

ÉPICA Y POESÍA (2002-2006). Los nuevos contactos de Yimou con Occidente gracias a Malick, un cierto ablandamiento oficial en China y el éxito de El tigre y el dragón de Ang Lee devolvieron al cineasta a su mejor nivel, con lo que fue la saga épica salpicada de lirismo compuesta por Héroe (2002), La casa de las dagas voladoras (2004) y La maldición de la flor dorada (2006). Héroe transcurre cuando China estaba dividida en siete reinos enfrentados entre sí para conseguir la hegemonía, frente a la miseria y muerte que asolaban al país. Al rey, obsesionado con la idea de unificar China y convertirse en primer emperador, intentaron asesinarlo otros monarcas. Entre los asesinos contratados, los más temibles eran Espada Rota, Nieve y Luna. El rey promete poder, riquezas y una audiencia privada a quien consiga vencerlos, de modo que cuando el enigmático Sin Nombre llega al palacio con las legendarias armas de los asesinos, el monarca se muestra impaciente por oír su historia. La película está narrada al estilo Rashomon de Kurosawa, donde cada historia es contada de diversas maneras para ocultar una verdad reveladora. Pero más allá del anecdotario, lo mejor del film es su descomunal espectáculo visual, algo impresionantemente hermoso, donde la paleta se reduce a escasas policromías, intensas y delicadas, con las que se ofrecen secuencias de exquisita poesía visual. El combate entre Nieve y Luna tiene lugar en un paisaje lleno de hojas amarillas, que fluye en una delicada coreografía delante de la cámara, pero cuando una de ellas muere se tiñe enteramente de rojo. O el atentado de Espada Rota en el palacio del rey, vestido con impresionantes rasos verdes que ondulan sobre los personajes mientras luchan. La secuencia más espectacular de todas resulta sin embargo la del héroe con Espada Rota, luchando sobre las aguas del lago, un segmento exquisito. Cada fotograma es un placer visual sin desperdicio, y cada imagen es poesía pura y un deleite incomparable.

 

La casa de las dagas voladoras está ambientada durante la dinastía Tang, que entra en decadencia. El malestar se extiende por el país, y el corrupto gobierno debe enfrentarse a ejércitos rebeldes. El más poderoso es el que da título al film, cada día más fuerte gracias a un nuevo y misterioso líder. Dos capitanes reciben la orden de capturarlo, y para ello elaboran un minucioso plan. Uno finge ser un guerrero solitario llamado Viento y saca de prisión a una revolucionaria ciega, que lo llevará hasta el cuartel general de los rebeldes, pero durante el viaje las cosas se complican porque se enamoran. Aunque la estructura es aquí mucho más tradicional que en Héroe, las cosas funcionan muy bien durante largo rato, desde el ritmo narrativo in crescendo a medida que las aventuras son más peligrosas, hasta la magnífica fotografía inundada de color brillante, las fabulosas coreografías de luchas y los notables efectos especiales, siempre al servicio de la historia. El problema es el final, que posee revelaciones muy efectivas en una primera visión, pero que revisadas luego son un disparate. De todas formas, el memorable nivel visual salva ese traspié.   

 

La maldición de la flor dorada se ubicó en vísperas en que el palacio se engalana con flores para una festividad anual, donde quizás surja una posible revuelta, mientras las relaciones se mantienen tensas entre los miembros de la familia imperial. El trato es frío entre el emperador y la emperatriz que, tratada de una anemia, mantiene una relación con su hijastro, el príncipe heredero, quien está enamorado de la hija del médico imperial. Por su parte, un hijo menor se preocupa por la mala salud de su madre y su obsesión por los crisantemos dorados. Yimou narra con su exquisitez habitual para la composición del plano una tragedia con insidias palaciegas, secretos familiares, sofisticada acción de artes marciales y fragmentos fantásticos que unen a Shakespeare y Kurosawa. Equilibrado entre la acción y el drama, el film posee mucho estilo y color, y cautiva con su estética cuidada hasta el detalle íntimo, sus suspensiones emocionales, sus miradas expresivas y la conducción de personajes vestidos con ropas doradas por pasillos lujosos, en los que la cámara corretea con enorme sutileza. También se luce en los planos generales, enaltecidos por la agitación de las masas y el fragor de batallas que son una nueva maravilla sensorial. Ese empaque visual sublima las emociones de una historia de apuntes épicos, románticos y familiares, pero la destreza técnica y estética no es un mero chiche, sino que sumerge al espectador en un clima ominoso donde la mano del destino se ve venir inexorable, entre ademanes afectados y actitudes sentenciosas en torno a la lealtad, la venganza y el deber. Las actuaciones son sobresalientes, con una magnífica Gong Li, que vuelve once años más tarde tan bella como intensa, azorada ahora por las envenenadas circunstancias que rodean a su turbadora presencia imperial.

 

En medio de esa saga épica de poético alcance visual Zhang realizó un film emparentado con su primera etapa, casi desconocido en Uruguay, Un largo y doloroso camino (2005). En este caso Yimou alcanza una de las cotas más genuinamente emotivas de su carrera, apoyado en un guion estupendo y logrando un resultado profundamente cautivador en el plano visual. Cuenta con un conjunto de actores no profesionales magníficos, que transmiten una veracidad asombrosa, en particular un niño. Pero por encima de ellos, el mítico Ken Takakura, único actor profesional del film, entrega una actuación prodigiosa. El trabajo de fotografía vuelve a ser de una belleza sobrecogedora. Y por último la historia que cuenta, tan humana, necesaria y emotiva (la odisea geográfica de un hombre por mostrar a su hijo el amor que le tiene) termina convirtiéndose en universal. Sólo recuerdo otra película que me causó una impresión similar, Una historia sencilla de David Lynch. El cincuentón Zhang volvía a estar en la cima, y luego de una memorable representación de la ópera de Puccini Turandot en el patio central del Palacio Imperial de Pekín, le llegó un trabajo que le reafirmaría en su gloria, pero también causaría alguna polémica.

INTERMEDIO PEQUINÉS (2008). El encargo del gobierno fue el de oficiar de director general de las ceremonias de apertura y clausura de las Olimpiadas de Pekín. Esos eventos pueden verse en YouTube. El primero dura cuatro horas y media, pero lo que importa destacar allí son los 75 minutos iniciales y los 10 finales. En los primeros hay momentos que hay ver para creer: 1) una danza contemporánea con 2008 percusionistas que realizan una representación sincronizada mediante un instrumento llamado “fou”, y provistos de un marco luminoso compuesto por “leds”, que rodean cada instrumento produciendo así un doble efecto, el musical y el de display, con lo cual se realizan caracteres y números luminosos en cuenta regresiva; 2) 29 fuegos artificiales encendiéndose cada segundo, uno tras otro, desde afuera del estadio, simbolizando las 29 anteriores Olimpiadas modernas; 3) una sensacional sección artística en la que se abre un pergamino gigante en medio de la cancha, con una hoja enorme que va siendo pintada por hombres que se deslizan con pintura en sus manos y pies; 4) una alegoría de la Ópera de Pekín con marionetas; 5) una mujer bailando sobre un mapa de la Ruta de la Seda, mientras varios bailarines portan imágenes de juncos; 6) una alegoría de la China Imperial, con bailarinas vestidas con trajes antiguos y columnas con dragones; 7) un ejército de hombres iluminados formando sobre la cancha la paloma de la paz; 8) un globo gigante con acróbatas a su alrededor, mientras la británica Sarah Brightman y el chino Liu Huan entonan una melodía; y 9) un grupo de maestros de Tai Chi haciendo una demostración de su arte. Por si esas maravillas no bastaran, el final de la inauguración mostró la llegada de la antorcha olímpica. Apenas recibe el fuego sagrado, el ex gimnasta chino Li Ning es llevado por el aire mediante dos hilos suspendidos que lo elevan hasta lo más alto del estadio, para luego empezar a correr, mientras un inmenso lienzo con apariencia de pergamino gigante comienza a desplegarse dejando ver imágenes de todos los que portaron la llama desde que inició su trayecto en Atenas. Al final del recorrido, Li Ning enciende la mecha que transporta el fuego hacia el Pebetero Olímpico, momento en el cual resulta difícil no sucumbir a la emoción.

 

Después de tanta perfección, cualquier cosa que pudiera verse en la clausura (más breve, 140 minutos) podía parecer poco. De todas formas, Yimou se las ingenió para sacar de la galera algunos instantes para el recuerdo, situados en la hora final: 1) una interpretación cultural británica, incluyendo el típico ómnibus londinense, bicicletas y conmutadores, más un tablero titulado “Esto es Londres”; 2) Leona Lewis y el legendario Jimmy Page interpretando “Whole Lotta Love”; 3) aparición sorpresiva del mítico David Beckham; 4) intérpretes en un pilar llamado Torre de la Memoria, agitando brazos y simbolizando la llama olímpica eternamente encendida, aunque a esas alturas ya había sido apagada; 5) un grupo de intérpretes formando crisantemos con corredores de obstáculos en lo más alto de esa torre, que después vuelven a escalarla, cubriéndola con grandes adornos rojos; y mientras unas rosas se forman con los atletas en la parte inferior, como si fueran pétalos, los adornos rojos empiezan a levitar y revelan a los acróbatas alineados en forma del logo de la Olimpiada; 6) el tenor Plácido Domingo y la cantante Song Zuying entonan la canción “La llama del amor”; y 7) canción final liderada por estrellas chinas (Jackie Chan, Wei Wei, Andy Lau) y representantes de las 56 etnias de la China moderna.

 

En mi opinión, la ceremonia de apertura es el mejor espectáculo colectivo que vi en mi vida. Pero hubo problemas. Las Olimpiadas del 2008 estuvieron teñidas por el apoyo de China al genocidio de Darfur en Sudán, y por las tensiones que Pekín mantenía respecto al Tibet y el Dalai Lama. Eso propició que un importante patrocinador, Steven Spielberg, se retirara antes de la inauguración de los Juegos, aunque no se llevó el aporte que ya le había dado a Yimou. Esa actitud humanista del director de Tiburón tuvo una respuesta similar de parte del autor de Héroe porque, en medio del conflicto, realizar una clausura donde Oriente y Occidente terminan mezclados siendo uno solo, es más que cumplir con el requisito de paz y unión mundial que promueve el Comité Olímpico: es un nuevo acto de arrojo y rebeldía ante el oficialismo por parte de un hombre que había pasado años difíciles, que ahora había reconquistado la gloria, pero mañana podía perderla otra vez. El espectador se maravilla ante la espectacularidad de la ceremonia, pero muchas veces lo que no se ve importa tanto o más que el oropel externo. También hay que decir que, en una nota sobre un cineasta, esta sección interesa sobremanera, porque trasciende más allá de la pantalla, mostrando a Yimou como un continuador de gente de aliento renacentista (Eisenstein, Welles, Kurosawa, Visconti, Kubrick), gente convencida que el cine es una consustanciación de todas las artes. Eso es lo que hoy puede verse por YouTube.

ECLÉCTICO E INTERNACIONAL (2009-2018). En los últimos diez años de labor para el cine de Zhang hay de todo. Seis películas encaradas de manera hábil y ecléctica, casi siempre con respaldo internacional, en las que deambuló entre la ocasional brillantez y el fracaso espectacular. El período comenzó a medias, porque Sangre, simplemente sangre (2009), remake del film inaugural de los hermanos Coen, es un capricho/homenaje de alguien que admira a los Coen, un divertimento distendido con mucha carga cómica, que tiene mucho de puro ejercicio estético y formal. Los colores vivos y centelleantes, el vestuario kitsch de los personajes, la fascinante presencia estética de las montañas de arena rojiza que rodean la posada, los movimientos acelerados de los cielos cargados de nubes, todo es una odisea formal que regala a los ojos. Y aunque respeta algunas líneas anecdóticas del original, Yimou se muestra irreverente y juguetón, y confesó haberse inspirado en una ópera china clásica, lo cual dice mucho por dónde va la cosa. Para ello carga al film de humor negro, casi surrealista, y dota a su composición dramática de la estructura del vodevil, con idas y venidas casi rocambolescas de sus locos personajes.

 

El cineasta recuperó su mejor forma con la magnífica historia adolescente Amor bajo el espino blanco (2010), donde quizás haya componentes autobiográficos de los que Yimou se negó a hablar. La película está ambientada durante la Revolución Cultural, en la que una joven es enviada a un remoto pueblo en la montaña para su reeducación, ya que su padre permanece encarcelado por derechista y su madre, enferma, trabaja muy duro para sacar adelante a los demás hijos. Las autoridades vigilarán a la chica examinando su conducta, que deberá ser impecable para conseguir limpiar el nombre de su familia. Un desliz o un error conllevaría la ruina de todos. Pero en su estancia en el pueblo se enamora del hijo de un militar comunista, y la diferencia de clases y las circunstancias que rodean el romance hacen que deban vivirlo en absoluto secreto. Con un minimalismo total el film encuentra su grandeza en la sencillez de su historia y el encanto de sus protagonistas. Un amor puro y limpio, representado en las múltiples atenciones del joven por mejorar la calidad de vida de su amada, sus cuidados (conmovedora la escena en que él, arrodillado, venda los pies de la joven, desgarrados por la labor, mientras las lágrimas bañan su rostro) y la delicadeza con que se muestran los inicios del noviazgo: poético el momento en que la ayuda a pasar un río, ofreciéndole una rama para no tocarla, aunque poco a poco sus manos van acortando distancias hasta acabar enlazadas. Aunque el fondo político-social de la historia permanece en segundo plano, está siempre latente, ya que supone el mayor escollo para llevar adelante su relación sin necesidad de ocultarse. Yimou demuestra gran inteligencia en no cargar las tintas y convertir su triste historia en una endecha, un breve trozo de vida que supone una de las historias de amor más emotivas de los últimos años.

 

Tentado por la coproducción occidental el director abandonó esa línea y se alió a Christian Bale para llevar a cabo Las flores de la guerra (2011). Ambientada en 1937 durante la guerra chino-japonesa, cuenta la historia de un maquillador de cadáveres que llega a una iglesia católica de Nankín para preparar al párroco antes del entierro. El terrible accionar del ejército japonés lo convierten a su pesar en protector de las alumnas de un convento y de las prostitutas de un burdel cercano. La historia real en que se inspira fue atroz y pudo haber servido para un estudio convincente del alcance de la solidaridad humana en medio del apocalipsis. Sin embargo, la película se empeña en mostrar el lado espectacular de la atrocidad, vaciándola de emoción y haciendo de Bale todo menos un pilar moral.

 

Y como los años y la vida pasan, pero los vicios de las autoridades no, en 2013 Yimou se vio envuelto en un nuevo enfrentamiento con el Estado. Associated Press informaba el 9 de mayo de 2013 que Zhang estaba siendo investigado por violar la política oficial de hijo único de China. Allí se informaba que, presuntamente, el cineasta tenía siete hijos con cuatro mujeres, y que por ello debería enfrentar grandes multas potenciales. Poderoso caballero es Don Dinero: no parece importar la superpoblación, sino recaudar. Según los principales medios de comunicación en China, Zhang se había casado con la bailarina Chen Ting en diciembre de 2011, con la que tuvo tres hijos. Sin embargo, cuando salieron las noticias, Zhang no dio una respuesta inmediata. El 29 de noviembre de 2013, bajo la presión del público y las críticas en internet, el cineasta emitió por medio de sus abogados una declaración, en la que reconocía a Chen Ting, sus tres hijos, y los dos tenidos antes con Hua Xie y Gong Li. El 9 de enero de 2014, la Oficina de Planificación Familiar del Distrito de los Lagos, de acuerdo con la política de un solo hijo de China, dijo que Zhang debía pagar una tarifa no planificada de nacimiento y mantenimiento social por un total de 1.200.000 dólares. El 7 de febrero de 2014 se informó que Zhang había pagado la tarifa y el Estado, lejos de intranquilizarse por la superpoblación, quedó muy satisfecho. Si Marx y Mao se levantaran les daría un infarto súbito, qué duda cabe.

 

Pasado el mal momento, Yimou recuperó su mejor nivel en Regreso a casa (2014), otra historia con elementos quizás autobiográficos. Película de espíritu clásico sobre la separación de un matrimonio en plena Revolución Cultural y su reencuentro cuando ésta ya ha terminado. El marido retorna tras años de arresto y se encuentra con que su mujer no le reconoce. A lo largo de toda la casa hay recordatorios de las acciones más básicas apuntadas en hojas de papel pegadas a la puerta o la lámpara. La reconquista del amor (o, mejor dicho, el cuidado suyo para con ella) será el consuelo que el marido encuentre, y nunca será suficiente. Se convierte en un amigo que la ayudará a sobrellevar el consuelo de su propia ausencia. Sí: de nuevo un melodrama, pero Zhang se maneja con envidiable soltura. Su labor de dirección es intachable y delicadísima. Bella visualmente, con una recreación de época impecable, el director sostiene a una magnética Gong Li, envejecida y aportando una interpretación conmovedora. Pese a que la historia tiene épica romántica con marcado carácter de fórmula, no pueden negarse sus virtudes narrativas y su buena composición de planos. Utilizando la excusa amnésica en un matrimonio maduro, Yimou lleva el discurso a su terreno: una visión con planos a contraluz y mucho piano de fondo donde el espectador entra en juego y conecta sin dificultad con esta mezcla de íntimo drama familiar y sagaz vistazo a un período histórico sumamente duro y controvertido.

 

Después Yimou cayó con la inoperante La gran muralla (2016). Mercenarios europeos en busca de pólvora se ven envueltos en la defensa de la Gran Muralla china, contra una horda de seres monstruosos. En lo previo podía esperarse lo mejor de Zhang dirigiendo un espectáculo histórico: lucimiento visual, espectacularidad, estilo y coreografía. Pero el resultado da lástima. Conviene olvidar desde ya la existencia de algo parecido a personajes, pero por mucha muralla, pólvora y generala (porque aquí los chinos no tienen general sino generala, invención del guion para cumplir con la lógica corrección de género), lo que importaba era la lucha contra los monstruos. Y acá viene lo peor, porque esas iguanas gigantes con muchos dientes no asustan a nadie, ya que se nota que son digitales, debido a un diseño que deja mucho que desear. Fallando ese punto neurálgico sólo restaba el costado aventurero, al que se prestaba el desierto alrededor de la muralla, pero allí tampoco funcionan del todo bien las cosas, aunque el fragmento con los globos de helio quizás sea lo mejorcito de esta aventura de clase Z con presupuesto, director y divos occidentales de clase A (Matt Damon y Willem Dafoe).

 

Por suerte para quienes lo admiramos, el director volvió a revelar su antiguo esplendor en Sombra (2018), su última película conocida, que puede verse en internet. El Romance de los Tres Reinos es la base de una historia con intrigas palaciegas, suplantaciones de identidad, ambiciones de poder, duelos de honor, amenazas y traiciones múltiples. El argumento es menos importante que la sucesión de peleas coreografiadas con precisión quirúrgica, la espectacularidad gimnástica y la originalidad armamentística: a partir de esta película, nunca veremos los paraguas como los mirábamos hasta hoy. Sólo que, en vez de exhibir la pirotecnia cromática de Héroe, La casa de las dagas voladoras o La maldición de la flor dorada, el mundo de este nuevo film proscribió el color. Atrapados en un enorme símbolo taoísta estos monarcas, guerreros y concubinas viven en un mundo lluvioso en escala de grises, donde la única variedad la aportan los rostros, la sangre y el fuego. No está mal que un cineasta que desde los lejanos tiempos de Sorgo rojo ha hecho del color su principal herramienta tome esta vía para purificarse, salir del infierno al que se había caído desde lo alto de la gran muralla, y vuelva a la batalla en su total plenitud. Ahora habrá que esperar que pase el coronavirus para acceder a su última película, cuyo título impronunciable en chino significa Duro como una roca, una historia que pondrá en contacto por primera vez a Yimou con el género policial: un nuevo desafío, todo un alarde, para un joven de 70 años (o 68 y medio) que parece no cansarse de experimentar.

 

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