MY NAME IS CONNERY… SEAN CONNERY (1930-2020)

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Murió Sean Connery. Se fue quien en mi opinión fue el mejor James Bond, y con él un pedazo enorme de mi infancia y pre-adolescencia. Claro que Connery no sólo fue 007, y él mismo se empecinó en hacérselo saber al mundo entero. Un Oscar, tres Globos de Oro, dos BAFTA y un David de Donatello atestiguan su evolución como actor.

Por Amilcar Nochetti. Miembro de la Asociación de Críticos de Cine de Uruguay (filial Fipresci)

INICIOS. Connery nació en Edimburgo, Escocia, el 25 de agosto de 1930, en un hogar humilde. Su padre era un católico irlandés emigrado, conductor de camiones; su madre, en cambio, trabajaba como doméstica, y era protestante. La primera labor de Connery fue como repartidor de leche. Posteriormente se alistó en la Marina Real, pero debió ser dado de baja debido a una úlcera duodenal hereditaria. Para salir del paso y ganarse la vida sin delinquir hizo de todo un poco: camionero, socorrista de piscinas, peón de granja, pulidor de ataúdes y finalmente, tras la sugerencia de un amigo, modelo. Es que, entre labor y labor, había empezado en 1948 a dedicarse al culturismo, llegando en 1953 a lograr el tercer puesto en la categoría de hombres altos (medía 1.89) del concurso de Mr. Universo.

Pero a esa altura hacía ya dos años que, para redondear un salario mejor, Connery ayudaba entre bastidores en el King’s Theatre. En 1954 inició su carrera como actor de cine en un corto titulado Simon, donde hizo de policía. Durante los siguientes tres años se volcó a la TV, medio que por entonces parecía más apto para despuntar una carrera. Al volver a la pantalla grande como gangster tartamudo en Regreso imposible (No Road Back, Montgomery Tully, 1957) se abrió para Connery una difícil etapa de cinco años en la que no podría despegarse de roles secundarios en films olvidables: Tiempo para morir (Time Lock, Gerald Thomas, 1957); Barreras de terror (Action of the Tiger, Terence Young, 1957) con Van Heflin y Martine Carol; Desafío al miedo (Hell Drivers, Cy Endfield, 1957) con Stanley Baker, Patrick McGoohan y un joven David McCallum, al que aún le faltaban unos años para ser Ilya Kuryakin; Víctima de sus deseos (Another Time, Another Place, Lewis Allen, 1958) con Lana Turner y Barry Sullivan, donde obtuvo un inesperado segundo rol masculino; Darby O’Gill and the Little People (Robert Stevenson, 1959), film de Walt Disney queen forma insólita nunca llegó a estrenarse en Uruguay; La gran aventura de Tarzán (Tarzan Greatest Adventure, John Guillermin, 1959), con Gordon Scott, donde a Connery le tocó ser el villano; y Los implacables (The Frightened City, John Lemont, 1961), una aventura que pasó sin pena ni gloria.

Lo cierto es que Sean Connery no podía despegar en cine. Por entonces no era un buen actor, sino sólo una presencia física imponente, aunque no exenta de un porte caballeresco que lo hacía muy atractivo a las mujeres. ¿Quién podía imaginar en aquel momento que cuarenta años después el actor seguiría siendo votado por el sector femenino de la platea como el hombre más sexy del mundo? En esa temprana época ya ocultaba con un peluquín el inicio de lo que luego sería una incipiente calvicie, pero eso era lo de menos para el escocés. Confió de nuevo en la TV, y allí tuvo más suerte: protagonizó Macbeth y fue el conde Vronsky en Anna Karenina, ambas en 1961, lo cual le sirvió para aparecer muy brevemente en medio de casi un centenar de estrellas en la superproducción de Darryl F. Zanuck El día más largo del siglo (The Longest Day, Ken Annakin-Andrew Marton-Bernhard Wicki, 1962). Fue en ese preciso momento que se topó con James Bond, y su vida cambió.

JAMES BOND. Como se sabe, una vieja obsesión del productor Albert Broccoli era llevar a la pantalla grande las novelas de Ian Fleming, pero debido a serias desavenencias creativas se había peleado con su socio Irving Allen, quedándose solo y sin demasiado dinero como para enfrentar ese tipo de producción. Para colmo, se enteró que los derechos cinematográficos de James Bond estaban en poder de otro productor, Harry Saltzman, cuya opción se encontraba por vencer y tampoco disponía de dinero suficiente para poder materializar ningún film. Por eso cuando Broccoli golpeó a las puertas de su empresa y le propuso asociarse, Saltzman no tardó en decir que sí. Lo primero que hicieron ambos fue acercarse a Arthur Krom, presidente de United Artists, a quien convencieron -nadie sabe cómo- que lo de James Bond podía ser todo un filón. El magnate les dio un millón de dólares, y ese dato basta para desechar definitivamente todas las leyendas en torno a un supuesto casting para 007 de estrellas como David Niven, Cary Grant o James Mason: las arcas de Saltzman y Broccoli no podían cubrir las exigencias salariales de esas luminarias. En cambio, es correcto que los económicos Roger Moore, Richard Johnson y Patrick McGoohan compitieron por el rol de 007: eran jóvenes y provenían de la TV y el teatro. O sea: eran buenos, bonitos y baratos. Finalmente, y por consejo de la esposa de Broccoli, fue Sean Connery quien se quedó con el trabajo. Cuenta la leyenda que el actor se presentó a la entrevista con los productores haciendo gala de una rudeza tan fuera de lugar que lindó con la grosería, y que justamente fue eso lo que terminó cautivando a sus empleadores. Si la anécdota no es cierta, merecería serlo.

Connery realizó seis films oficiales de Bond en diez años: El satánico Dr. No (Dr. No, Terence Young, 1962), De Rusia con amor (From Russia with Love, Terence Young, 1963), 007 contra Goldfinger (Goldfinger, Guy Hamilton, 1964), Operación Trueno (Thunderball, Terence Young, 1965), Sólo se vive dos veces (You Only Live Twice, Lewis Gilbert, 1967) y Los diamantes son eternos (Diamonds Are Forever, Guy Hamilton, 1971). Al lote habría que sumar un séptimo film-Bond extraoficial, Nunca digas nunca jamás (Never Say Never Again, Irvin Kershner, 1983), una suerte de venganza personal del actor, quien doce años antes se había peleado de manera irreconciliable con Broccoli.  A mi entender, Sean Connery fue a través de esos títulos el mejor 007 de la saga, quizás porque se encargó de dar forma y características definitivas al personaje: frío, inteligente, eficaz, audaz, observador, implacable, elegante y extremado depredador con las mujeres. Quiero decir: los demás 007 (el efímero George Lazenby, el payasesco Roger Moore, el sombrío Timothy Dalton, el caballeresco Pierce Brosnan y el brutal Daniel Craig) se han visto en la obligación de esforzarse -con más o menos suerte- a revivir un personaje pre existente, agregando cosas de su cosecha y quitando otras del original. Ese quinteto de actores reinterpretó a James Bond, mientras que Sean Connery lo creó de la nada.

ESCAPANDO A 007. Durante las dos décadas que van de la oficial El satánico Dr. No a la bastarda Nunca digas nunca jamás (remake de Operación Trueno muy superior a la original), Sean Connery no se quedó quieto: quería desprenderse de 007, estaba cansado de que lo parasen en la calle para preguntarle si era James Bond, en lugar de llamarlo por su nombre real. Con visible esfuerzo, ese enojo lo fue convirtiendo poco a poco en un buen actor. Primero intervino en La mujer de paja (Woman of Straw, Basil Dearden, 1964), donde desea la herencia de su anciano y despótico tío (Ralph Richardson), y de paso intenta poseer a la enfermera (Gina Lollobrigida). Luego se puso a las órdenes de Alfred Hitchcock en Marnie (ídem, 1964), donde encarnó a un millonario que se siente atraído por su desquiciada secretaria (Tippi Hedren) y no tiene mejor cosa que hacer que casarse con ella para de esa forma intentar curarla de sus traumas. El film no es importante en la carrera del viejo maestro del suspenso, pero para Connery era fundamental trabajar por entonces para alguien como Hitchcock.

De todas formas, lo más importante que en conjunto realizó Connery en esas décadas fueron sus cinco colaboraciones con el realizador Sidney Lumet. La primera de ellas fue una obra mayor del director, La colina de la deshonra (The Hill, 1965), un durísimo alegato antimilitarista. Luego vino la eficaz El gran golpe (The Anderson Tapes, 1971), donde Connery planificaba un robo perfecto… aunque ya se sabe que la perfección nada tiene que ver con el género humano. Después llegó Hasta los dioses se equivocan (The Offence, 1973), como sargento de policía que, alterado psicológicamente por los atroces hechos que ha visto a lo largo de su carrera, interroga tan brutalmente al supuesto violador de una muchacha que termina causándole la muerte, siendo sometido luego a un proceso en el que intenta justificar su conducta. Injustamente olvidada, esta fue una de las mayores labores de Connery en toda su carrera, aunque la película sea un tanto desigual. Su cuarta labor para Lumet fue Crimen en el Expreso de Oriente (Murder on the Orient Express, 1974), donde compartió cartel con quince primeras luminarias. Por último, llegaría la olvidable Negocios de familia (Family Business, 1989), en la que el actor logró robarle el film a quien en los papeles era el supuesto protagonista, Dustin Hoffman.

En esa etapa intentado escapar de 007 hubo otros escalones, como su inclusión en un raro western junto a Brigitte Bardot, Shalako (ídem, Edward Dmytryk, 1968), o el rebelde minero de Odio en las entrañas (The Molly Maguires, Martin Ritt, 1969), su episódica aparición como el explorador polar Roald Amundsen en la fracasada La tienda roja (Krasnaya Palatka, Mikhail Kalatozov, 1969), el salvaje asesino de la utopía futurista Zardoz (ídem, John Boorman, 1974) y, sobre todo, su rol coprotagónico junto a Michael Caine en la notable aventura El hombre que sería rey (The Man Who Would Be King, John Huston, 1975), traslación del famosísimo cuento de Rudyard Kipling “El rey de Kafiristán”. A esas alturas Connery estaba en el pináculo de su carrera, y quedaba claro que era más que 007. Para confirmárselo al mundo (y quizás a sí mismo) siguió trabajando a destajo: fue el árabe revolucionario que raptaba a Candice Bergen en El viento y el león (The Wind and the Lion, John Milius, 1975), un viejo Robin Hood en la desencantada versión del mito que ofreció Robin y Marian (Robin and Marian, Richard Lester, 1976), e integró el enorme elenco de Un puente demasiado lejos (A Bridge Too Far, Richard Attenborough 1977), junto a Dirk Bogarde, Michael Caine, Gene Hackman, Anthony Hopkins, Laurence Olivier, Robert Redford, Maximilian Schell y Liv Ullmann, entre otros. Incluso se animó con una feroz sátira política que merece más respeto crítico del que tiene: El hombre del lente mortal (Wrong is Right, Richard Brooks, 1982).

PERÍODO TARDÍO. Fue por entonces cuando Connery coqueteó con Bond por última vez, para mojarle la oreja al productor Broccoli, pero también para tratar de reverdecer una carrera que de la noche a la mañana pareció languidecer. El actor continuaría una labor ininterrumpida durante otras dos décadas, en las que hizo películas de todo tipo y calidad. Del desparejo lote pueden rescatarse algunas cosas que aún importan, a saber:

– un episodio de Los aventureros del tiempo (Time Bandits, Terry Gilliam, 1981), donde encarnó al rey Agamenón;

– Highlander, el último inmortal (Highlander, Russell Mulcahy, 1986);

– la adaptación del best seller de Umberto Eco El nombre de la rosa (The Name of the Rose, Jean-Jacques Annaud, 1986), donde fue el monje William de Baskerville, suerte de Sherlock Holmes medieval en medio de misteriosos asesinatos en una abadía;

– Los intocables (The Untouchables, Brian De Palma, 1987), donde dio vida al policía Malone, que se unía a Elliott Ness (Kevin Costner) y sus ayudantes (Andy García, Charles Martin Smith) para combatir al todopoderoso Al Capone (Robert De Niro), rol por el cual obtuvo un merecido Oscar;

– una divertida intervención como padre de Harrison Ford en Indiana Jones y la última Cruzada (Indiana Jones and the Last Crusade, Steven Spielberg, 1989);

– el capitán del submarino nuclear ruso en La caza al Octubre Rojo (The Hunt for Red October, John McTiernan, 1990);

– el pacífico y cínico editor inglés envuelto en una intriga de espionaje en La Casa Rusia (The Russia House, Fred Schepisi, 1990), adaptación de una novela de John Le Carré, donde actuó con Michelle Pfeiffer, Klaus María Brandauer, James Fox y Roy Scheider;

. su vuelta al cine de acción en La Roca (The Rock, Michael Bay, 1996), donde compuso a un alter ego de 007 ya envejecido, junto a Nicolas Cage y el siempre intenso Ed Harris;

– y el drama semi-independiente Corazones apasionados (Playing by Heart, Willard Carroll, 1998), historia coral donde encabezó un reparto en el que también figuraban Gillian Anderson, Ellen Burstyn, Angelina Jolie, Nastassja Kinski, Dennis Quaid, Gena Rowlands y Madaleine Stowe, entre otros.

 

Pero a esas alturas el actor tomó algunas malas decisiones, y logró varios fracasos al hilo. Uno de ellos aún pudo disimularse mediante un contenido que tenía cierta seriedad: me refiero a Descubriendo a Forrester (Findig Forrester, Gus Van Sant, 2000). Nada podía salvar, empero, a un verdadero engendro como La emboscada (Entrapment, Jon Amiel, 1999), donde su borrascosa relación con Catherine Zeta-Jones llegó a percibirse incluso en la premiere del film en Los Ángeles, donde el actor sin disimulo alguno intentó enredar a la diva en su propio vestido. Las cámaras de TV del mundo entero captaron el infeliz episodio: Connery se hizo el desentendido, Catherine no pudo ocultar un gesto airado, y los espectadores supieron que lo que desde hacía décadas se rumoreaba del actor (sus desplantes, su mal carácter, cierta dosis de soberbia) era verdad. La prensa, por supuesto, lo sabía desde mucho tiempo atrás, porque Connery no era nada simpático ni accesible a la hora de las entrevistas. De todas formas, lo peor vino después, cuando lo que pudo haber sido la saga de La liga extraordinaria (The League of Extraordinary Gentlemen, Stephen Norrington, 2003) quedó en nada, ante el épico fracaso que obtuvo el film inicial. De inmediato Connery anunció su retiro, y cumplió con su palabra, si se exceptúa su participación dando voz al personaje titular de Sir Billi (ídem, Sascha Hartmann, 2012), un horrendo film de animación que sería mejor olvidar.

Se ha especulado mucho por las razones del alejamiento de Connery de las pantallas. Se dijo de todo, muchas veces con bastante irresponsabilidad. Por ejemplo: los fabricantes de noticias mataron a Connery varias veces antes de tiempo. Una fue en 1995, cuando se aplicó un tratamiento con radiación para quitar unos nódulos en las cuerdas vocales. En el año de su retiro se operó de cataratas, y el 12 de marzo de 2006 “murió” de nuevo cuando le fue extirpado un tumor benigno de riñón. En 2008 lo dieron por muerto por tercera vez, cuando en realidad sólo se había astillado un hueso del hombro jugando al golf. Un año después confesó que le habían diagnosticado una dolencia cardíaca, y a lo largo de la década pasada se volvió a insistir mucho en sus enfermedades. En 2013, debido a cierta declaración de su amigo Michael Caine acerca que Connery tenía mala memoria, la prensa rápidamente publicó que el actor padecía Alzheimer. Furioso, Caine lo negó rotundamente, acusando a la prensa de haber tergiversado ex profeso sus palabras. El hecho real es que el actor falleció a los 90 años el sábado 31 de octubre de 2020, en las Bahamas, y lo hizo en forma apacible, mientras dormía. Según declaró su hijo Jason, había estado enfermo durante las últimas semanas. Murió el aguerrido rey de Kafiristán, pero quedará para siempre la leyenda de 007 y su invencible licencia para matar.

 

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