CIEN AÑOS DE NINO MANFREDI, UN AS DE LA COMEDIA ITALIANA.

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Por Amilcar Nochetti. Miembro de la Asociación de Críticos de Cine de Uruguay (filial Fipresci)

Todos lo recordamos como un gran actor de cine, pero Nino Manfredi también actuó en teatro, se destacó como director en ambas áreas, realizó libretos para muchas de sus películas, e incluso tuvo su cuarto de hora como cantante. Junto a sus cuatro compañeros de generación (Alberto Sordi, Vittorio Gassman, Ugo Tognazzi, Marcello Mastroianni) fue una figura clave de la mejor etapa del cine italiano: los años 60-70.

 

VIDA Y TEATRO. Saturnino Manfredi, apodado Nino desde la infancia, nació el 22 de marzo de 1921 en Castro dei Volsci, un poblado de 5.000 habitantes en la provincia de Frosinone, del Lazio italiano. Pertenecía a una humilde familia de agricultores, y​ su padre formaba parte además de la policía estatal, donde llegaría a alcanzar el grado de mariscal. A los nueve años de edad, en pleno auge del fascismo mussoliniano, Nino y su hermano menor Dante fueron enviados a Roma, donde pasaron su infancia y adolescencia en el barrio de San Giovanni, de claro cuño popular. En 1937, con dieciséis años de edad, Nino enfermó gravemente de pleuresía bilateral, una afección en que la pleura (las dos grandes y delgadas capas de tejido que separan los pulmones del tórax) se inflama, provocando un agudo dolor en el pecho, lo cual dificulta y en casos complicados puede llegar a impedir la respiración. El estado de Nino era tal, que un médico le llegó a dar sólo tres meses de vida. No se sabe cómo sobrevivió, pero el precio a pagar fue caro: permaneció varios años hospitalizado en un sanatorio, pero allí aprendió a tocar un banjo construido por él mismo, y terminó formando parte de la banda musical del hospital.

Ya libre de la grave afección que lo había aquejado, y con Italia apoyando a los nazis y entrando en la guerra, el historial médico de Nino por ahora lo salvaba de la conscripción, pero para evitarse problemas, y de paso complacer el deseo de sus padres, en octubre de 1941 se matriculó en la Facultad de Derecho. Sin embargo, ya por entonces comenzó a sentirse atraído en forma natural por los escenarios, debutando como presentador y actor amateur en una parroquia del centro de Roma. Después del 8 de setiembre de 1943, fecha en que Italia se rindió a los Aliados, para evitar el servicio militar obligatorio se refugió durante un año junto a su hermano en las montañas cercanas a Cassino. Regresó a Roma en 1944, donde reanudó sus estudios universitarios y, al mismo tiempo, se matriculó en la Academia Nacional de Arte Dramático Silvio D’Amico de Roma. Paralelamente, en octubre de 1945 se licenció en Derecho con una tesis en derecho penal, aunque nunca llegaría a ejercer como abogado. A su vez, en junio de 1947 se graduó en la Academia.

Casi de inmediato Manfredi hizo su debut oficial en el escenario teatral, trabajando en la temporada 1947-1948 en obras dirigidas por Luigi Squarzina y Vito Pandolfi. Luego pasó al Piccolo Teatro di Roma, bajo la dirección de su maestro, Orazio Costa. Un tercer paso importante, siempre en 1948, fue haber intervenido en un par de obras en la compañía de Vittorio Gassman y Evi Maltagliatti, actuando principalmente en papeles dramáticos. ​ En uno de ellos llamó la atención de la prensa, y para inicios de 1949 fue convocado para integrar el elenco de la compañía del Piccolo Teatro de Milán, dirigido por el eminente Giorgio Strehler. Desde ese momento, y hasta 1952, Manfredi interpretaría tragedias y dramas de Shakespeare, como Romeo y Julieta y La tempestad, pero también textos dramáticos más modernos como Liliom de Ferenc Mólnar, El águila de dos cabezas de Jean Cocteau, Casa Monestier de Denis Amiel y Todos eran mis hijos de Arthur Miller. Como puede verse, esos inicios del actor son muy diferentes a la imagen que la pantalla de cine dejaría más tarde de él en el imaginario colectivo.

 

A esas alturas Manfredi parecía incansable, porque también en 1949 comenzó a trabajar en la radio como comediante e imitador, y también debutó en cine, aunque de eso hablaremos luego. En 1952, ya habiendo dejado el Piccolo Teatro de Milán, trabajó con enorme éxito con otra eminencia de las tablas, Eduardo De Filippo, en Tres actos únicos, junto a populares figuras del momento (hoy olvidadas) como Tino Buazzelli, Bice Valori y Paolo Panelli. Entre 1953 y 1954 se destacó también en la compañía de revistas de las hermanas Nava, donde obtuvo un sensacional suceso con una obra en clave de sainete titulada Tres por tres… Nava. Hábilmente, Manfredi nunca quiso firmar ningún contrato de exclusividad, y por eso podía combinar tantas labores al mismo tiempo. En el período con las hermanas Nava, por ejemplo, también se desempeñó como actor de doblaje, prestando su voz a actores de la talla de Robert Mitchum, Gérard Philipe e incluso a colegas italianos jóvenes cuyas voces aún no eran aceptadas por los productores (Franco Fabrizi, Renato Salvatori). También formó junto a Paolo Ferrari y Gianni Bonagura un exitoso trío que actuó casi sin parar en numerosos espectáculos de variedades y en el teatro de revista.

 

De todas formas, sus dos mayores éxitos en las tablas llegarían cuando ya era un actor reconocido en cine, mediante dos comedias musicales: Un trapecio para Lisístrata de Pietro Garinei y Sandro Giovannini en 1958 (donde actuó con Delia Scala), y Rugantino de Pasquale Festa Campanile y Massimo Franciosa en 1963, en que compartió cartel con Bice Valori y el gran Aldo Fabrizi. Fue tan descomunal el suceso de esa obra que llegaron a realizar una gira por Estados Unidos. Manfredi viajó en barco, retrasando las fechas de exhibición de la obra, porque tenía pánico a volar. Ya anciano, se jactaba de no haber subido nunca a un avión, y de eso podemos dar cuenta los uruguayos, ya que a fines de los años 90 fue invitado a un Festival en Punta del Este, al cual envió a su esposa y su hijo, quienes explicaron el motivo de la ausencia del divo, pidiendo al público las disculpas del caso. Hay que decir que mucho antes de eso, Manfredi había triunfado también como cantante, sobre todo en espectáculos radiofónicos: en 1970 su versión del clásico de Ettore Petrolini Tanto pe’ cantá’ (original de 1932) consiguió alcanzar la primera posición en las listas de éxitos. También fueron éxitos piezas como Tarzán lo fa (1978), La frittata (1982) y Canzone pulita (1983). Manfredi era un divo completo, sin duda alguna. Como Gassman (y a diferencia de Sordi, Tognazzi y Mastroianni), su carrera teatral en comedias, dramas y musicales continuaría con éxito, especialmente en los años 80 y 90, casi hasta el día de su muerte.

CINE. Al momento de morir Manfredi contabilizaba 117 películas en su haber. Había debutado con un brevísimo papel en el drama Monasterio de Santa Clara (Monastero di Santa Chiara, Mario Sequi, 1949), film nunca exhibido en Uruguay, al igual que los cuatro siguientes que realizó entre esa fecha y 1952. Los uruguayos lo vimos por primera vez en su quinto y sexto film, Prefiero la libertad (Ho Scelto l’Amore, Mario Zampi, 1953), protagonizado por Renato Rascel y Marisa Pavan, y Un domingo romano (La Domenica della Buona Gente, Anton Giulio Majano, 1953), junto a unos jovencísimos Sofía Loren y Renato Salvatori. En esos títulos Manfredi era un mero actor de reparto sin mayor destaque, situación muy frecuente durante toda la década del 50, en la que el actor por lo general realizó roles de poca importancia en películas modestas, privilegiando sin duda alguna su labor en las tablas y las variedades. Quizás por eso no le importaba su lucimiento personal en el celuloide, llegando a intervenir en comedias donde fue opacado por otros capocómicos, como es el caso de Totó, Peppino y la vampiresa (Totó, Peppino e la Malafemmina, Camillo Mastrocinque, 1956), un vehículo para exclusivo lucimiento de Totó y Peppino De Filippo. De todas maneras, ya en ese momento había comenzado a llamar la atención del gran público en dos títulos sensiblemente superiores a los que rodaba habitualmente: El soltero (Lo Scapolo, Antonio Pietrangeli, 1955), donde actuó junto a Alberto Sordi, Sandra Milo, los españoles María Asquerino y Fernando Fernán Gómez, y una joven belleza llamada Virna Lisi; y Los enamorados (Gli Innamorati, 1956), donde por primera vez fue dirigido por un cineasta de clase A (Mauro Bolognini), compartiendo cartel con Antonella Lualdi, Franco Interlenghi y Gino Cervi.    

 

Al comenzar la nueva década todo cambió para Nino Manfredi con su película nº 33, Los empleados (L’Impiegato, Gianni Puccini, 1960). Allí fue protagonista absoluto, y actuó con Eleonora Rossi-Drago, Gino Cervi y Anna María Ferrero. Nino compuso a Guido, un soltero que no sabe divertirse (va de la casa al trabajo y viceversa), pero compensa esa monotonía cotidiana teniendo sueños en los que satisface sus deseos más inconfesables. El resultado fue una comedia amarga, menor, pero con evidente intención de sátira social, y de la noche a la mañana convirtió al actor en divo de primer nivel. A partir de entonces sobrevino una carrera en la que Manfredi siempre convenció no sólo en papeles cómicos, sino también en personajes dramáticos. Los roles por los que pasaría a la mejor historia del cine serían los de hombres fundamentalmente optimistas, en posesión de una dignidad propia, destinada inevitablemente a la derrota, aunque nunca terminan siendo humillados. Gracias a sus dotes de amarga ironía sus personajes incluso conseguían a veces sobresalir sobre el hipotético vencedor.

 

Esa cualidad quedó patentada en las numerosas películas en episodios que Manfredi interpretó en los años 60, donde en 15 o 20 minutos solía redondear a la perfección las características más sobresalientes de sus caracteres, como puede verse en el fragmento de Amores difíciles (L’Amore Difficile, 1962), donde debutó en la dirección. Basado en un cuento de Ítalo Calvino, Manfredi redondeó allí una delicada e interesante historia sobre los amores de un soldado y una viuda en el compartimento de un ferrocarril, basándose exclusivamente en el silencio y la mímica. Similar nivel terminaría obteniendo en otros films en episodios, como Alta infidelidad (Alta Infedeltá, Franco Rossi, 1964), Amor en alta tensión (Controsesso, Renato Castellani, 1964), Las muñecas (Le Bambole, Dino Risi, 1965), Espeluznante (Thrilling, Ettore Scola, 1965), Los complejos del hombre (I Complessi, Dino Risi, 1965), ¡Estos italianos…! (Made in Italy, Nanni Loy, 1965), Veo desnudo (Veo Nudo, Dino Risi, 1969) y Revuelta general (Contestazione Generale, Luigi Zampa, 1970). Dejando de lado esas breves y jugosas intervenciones, en las cuatro décadas siguientes Nino brindó una serie de caracteres inolvidables que deben reseñarse.

 

Crimen (ídem, Mario Camerini, 1960): Manfredi protagonizando por primera vez un film junto a divos ya consagrados (Vittorio Gassman, Alberto Sordi, Silvana Mangano) en una comedia de crímenes que aún tiene su gracia. El nuevo as de la comedia se echaba a andar.

Fuga trágica (A Cavallo della Tigre, Luigi Comencini, 1961): Aquí es un pobre infeliz condenado a tres años de prisión por simular un robo. Cuando le queda poco para quedar libre sus compañeros de celda (Gian María Volontè, Mario Adorf, Raymond Bussières) lo incluyen a la fuerza en un plan de fuga. Mezcla de sátira, drama carcelario y comedia dramática, fue una primera culminación del talento de Manfredi.

La parmigiana (ídem, Antonio Pietrangeli, 1963): La protagonista Catherine Spaak debe fugarse de su pueblo natal debido a las habladurías, se refugia en Parma y vive una serie de breves aventuras amorosas, hasta que se enamora de Nino, un granuja de cuarta. Una oportunidad para Manfredi de abordar un personaje rechazable, algo atípico en él.

El verdugo (ídem, Luis García Berlanga, 1963): Manfredi, trabajando en España, es un empleado de pompas fúnebres casado con la hija de un verdugo (José Isbert) a punto de jubilarse, pero el piso donde el anciano piensa vivir junto a su hija y yerno está supeditado a su trabajo. Por eso el protagonista deberá suceder a su suegro en sus tareas, lo cual no le gusta en absoluto. Una de las más feroces comedias del cine español, con un Manfredi estupendo, pese a sufrir el lógico, aunque lamentable, doblaje de su voz al castellano.

En el año del Señor (Nell’Anno del Signore, Luigi Magni, 1969): Roma, 1825: un obispo (Ugo Tognazzi) y un coronel (Enrico María Salerno) deben encargarse de liquidar la revolución liberal, pero un zapatero analfabeto (Manfredi) se entera que quieren matar al líder y advierte a los carbonarios, uniéndose así a la causa. En medio de un gran elenco (también actuaban Claudia Cardinale, Alberto Sordi, Robert Hossein y Britt Ekland) Manfredi logró alzarse con un merecido David di Donatello por su labor.

Roma Bene (ídem, Carlo Lizzani, 1971): Comedia que satiriza a la burguesía romana, en la que Manfredi es un comisario a cargo del barrio más rico de la capital, descontento consigo mismo porque debe “cubrir” a la fuerza los robos de los barones, los falsos secuestros de hijos de los empresarios y las herencias de diversas viudas negras.

Por gracia recibida (Per Grazia Ricevuta, Nino Manfredi, 1971): Nino recuerda su vida, desde su salvación milagrosa el día de su comunión (lo que condiciona su futura búsqueda existencial) hasta que conoce a un farmacéutico librepensador que le ofrece la mano de su hija. El film obtuvo la Palma de Oro en Cannes a la mejor ópera prima.

Las aventuras de Pinocho (Le Avventure di Pinocchio, Luigi Comencini, 1972): Una miniserie para TV en cinco capítulos sobre la popular historia de Carlo Collodi, en la que Manfredi compuso a un inolvidable Gepetto y Gina Lollobrigida al Hada Azul.

Pan y chocolate (Pane e Cioccolata, Franco Brusati, 1974): Otro gran rol de Manfredi, ganador de un nuevo David di Donatello, con la historia de un emigrante italiano en Suiza que pierde el trabajo, se niega a volver a su país para evitar la deshonra y termina siendo amigo de una vecina griega (Anna Karina) y su hijo, con quienes intentará sobrevivir.

 

Nos habíamos amado tanto (C’eravamo Tanto Amati, Ettore Scola, 1974): Amarga crónica de la historia italiana desde 1944, narrada a través de tres amigos izquierdistas (Manfredi, Vittorio Gassman, Stefano Satta Flores) y una mujer que los une y a la vez los separa (Stefania Sandrelli). Retrato patético y melancólico del idealismo y de la inevitable pérdida de las ilusiones, debido al acomodamiento burgués, en un film que combina con sabiduría diversas emociones al mismo tiempo.

Sucios, feos y malos (Brutti, Sporchi e Cattivi, Ettore Scola, 1976): Veinte personas que malviven en una vivienda de lata en una colina romana, con Manfredi como jefe del clan, en uno de los cuadros familiares más brutales e impíos de la historia del cine. El film levantó la ira vaticana, e incluso quiso ser prohibido por la iglesia uruguaya provocando, en un momento de dictadura, la valiente defensa de Jorge Abbondanza desde su columna en el diario El País. Una obra mayor de Scola, y un verdadero capolavoro de Manfredi.

En nombre del Papa Rey (In Nome del Papa Re, Luigi Magni, 1977): Un nuevo film ambientado en la Italia de la reunificación. En 1867 un monseñor debe intentar salvar de la pena de muerte a un joven que cometió un atentado, el cual es su propio hijo, fruto de una fugaz relación amorosa de sus años mozos. Otra gran labor de Manfredi.

Todo en una noche (Helsinki-Napoli All Night Long, Mika Kaurismaki, 1987): Las numerosas peripecias de un taxista nocturno en Berlín, envuelto en un ajuste de cuentas entre mafiosos, con la aparición de dos muertos y una maleta llena de dinero en su coche. Manfredi es el abuelo, en una viñeta algo breve pero muy jugosa.

Una historia cualquiera (Una Storia Cualunque, Alberto Simone, 2000): Comedia dramática con Manfredi puesto en libertad tras décadas de prisión por el asesinato de su esposa, el cual no cometió. Su tarea será ubicar a sus hijos, en su momento dados en adopción. Cuando llegue a ellos, se hará pasar por jardinero para ir conociéndolos poco a poco. Esta fue la mejor labor de Manfredi en su vejez.

Defecto de familia (Un Difetto di Famiglia, Alberto Simone, 2002): La muerte de una madre de 103 años reúne a dos hermanos septuagenarios que no se ven ni se hablan desde hace décadas, cuando uno de ellos, un profesor universitario (Manfredi), declaró en forma abierta y ante todo el pueblo su homosexualidad.

 

El rol póstumo de Nino Manfredi fue en el film español La luz prodigiosa (ídem, Miguel Hermoso, 2003). Aquí fue Galápago, un personaje privado de memoria, salvado de la muerte por un pastor durante la Guerra Civil, e ingresado durante cuarenta años en un manicomio. Finalmente, el protagonista Alfredo Landa descubrirá que ese hombre quizás sea el poeta Federico García Lorca, cuyo cadáver nunca apareció. Una despedida de lujo para Manfredi, elaborada casi sin palabras y apoyada sólo de miradas fijas. El film se estrenó después de muerto el actor, porque en septiembre de 2003 sufrió un ictus que se complicó con una insuficiencia respiratoria y una hemorragia intestinal, problemas que se repitieron y que lo hicieron peregrinar por diversos centros hospitalarios. Por último, sufrió un derrame cerebral, y nunca se recuperó completamente. Murió a los 83 años el 4 de junio de 2004. Fue el último de sus compañeros de generación en desaparecer. Nino Manfredi estaba casado desde 1955 con Erminia Ferrari, y tuvo con ella tres hijos: la productora Roberta, el director Luca y Giovanna. Una cuarta hija, Tonina, nació de una relación con una joven búlgara llamada Svetlana Bogdanova. Por encima de sus enormes dotes interpretativas, su legado principal es el de haber sido el más tierno de los “cinco grandes” de los años 60-70. Su sonrisa siempre a flor de labios (coronada a partir de la madurez por un enorme bigotazo), su modo de hablar pausado y moviendo las manos, su sencillez y discreción quedarán para siempre en el recuerdo del cinéfilo. En Italia fue definido como “el as de la comedia”: no era para menos.

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