Cine Ruso

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Existe un cine de altísima calidad cinematográfica, con excelentes películas como El acorazado Potemkin, La madre y La tierra. Nos refirimos al cine soviético que nació inmediatamente después de la Revolución de Octubre, gracias a un Decreto del Gobierno que reconocía la importancia de este medio de comunicación de masas.


Existe un cine de altísima calidad cinematográfica, con excelentes películas como El acorazado Potemkin, La madre y La tierra. Nos estamos refiriendo al cine soviético que nació inmediatamente después de la Revolución de Octubre, gracias a un Decreto del Gobierno que reconocía la importancia de este medio de comunicación de masas.

Sin embargo, fuera de sus fronteras es un cine poco conocido, con las honrosas excepciones de aquellas películas que presentadas en prestigiosos festivales internacionales obtenían los principales  premios. Como muestra podemos mencionar “Moscú no cree en lágrimas” del director Vladimir Valentenovich Menshov que recibió desde el Oscar al
mejor film extranjero en 1980, hasta el premio San Michele en el Festival Internacional de Bruselas (1981), pasando por el Diploma de la Semana del Cine Joven de Kiev (1979); Primer Premio en el Festival de Cine de Portugal (1980); Premio Estatal Soviético (1981) al Director y a los actores Aleksei Vladimirovich Batalov, Vera Valentinovna
Alentova, Inna Vadimovna Murabiova y Raisa Ivanovna Riazanova; Primer premio en el Festival Internacional de cine de Huston (1981) y muchos otros más.

En algunos casos este cine sorprende por su calidad y el absoluto respeto literario a culturas extranjeras, como en el caso de Hamlet (1964) del director Grigori Kosintsev con un extraordinario Innokenti Mijáilovich Smoktunovski. De esta película los mismos ingleses, en especial el máximo exponente del cine inglés, Sir Lawrence Oliver,
llegaron a afirmar que ellos no habían logrado la profundidad del Príncipe de Dinamarca en la versión realizada por ellos, como la
versión soviética. Y los mismos elogios se hicieron en España cuando se vio El Quijote (1957) también del director Grigori Kosintsev, con una gran actuación de Nikolai Cherkasov, el mismo de Iván el Terrible (1944) que dirigió Sergei Eisenstein.

El cine ruso vuelve a su apogeo con “El regreso”

Premiado el año pasado en Venecia con el León de Oro, el film de Andrei Zvyagintsev es de una intensidad poco común. El pequeño Ivan se rebela contra la presencia misteriosa y autoritaria de su padre, un desconocido.

¿Qué es ser un cobarde? ¿Acaso no animarse a saltar al mar desde una altura considerable es propio de un miedoso, de un “gallina”? ¿Cómo se prueba el coraje? Andrei e Ivan, dos hermanos de 15 y 12 años, tendrán la oportunidad de encontrar algo parecido a una respuesta a estas preguntas en El regreso, ópera prima del joven director ruso Andrei
Zvyagintsev, ganadora nada menos que del premio mayor, el León de Oro, en la Mostra de Venecia del año pasado. A la vez relato de iniciación, estudio psicológico, alegoría política y parábola bíblica, el film de Zvyagintsev viene a recordar que Europa del Este en general y Rusia en particular supieron tener, básicamente en los años 60 y 70, un cine con modos de relato e improntas visuales muy propias, que luego –con la caída de los socialismos reales y la transformación de la censura de Estado en censura de mercado– se fueron perdiendo y que ahora El regreso parece querer recuperar del olvido, con una intensidad fuera de lo común.

Hay quizás en El regreso un formalismo excesivo, una geometría que tiende a la perfección, a la simetría, y que le quita algo de vida y de respiración al film, como si la puesta en escena no alcanzara a atenuar el peso del guión. A cambio, el debut en el largo de Zvyagintsev devuelve la confianza en un cine de ideas y ofrece interpretaciones extraordinarias de los dos chicos, de una verdad y una fuerza dramática muy propias del mejor cine ruso, que traen a la memoria a los pequeños protagonistas de Venga y vea, de Elem Klimov, e incluso La infancia de Iván, de Andrei Tarkovski.

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