Francois Truffaut

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Director y crítico de cine francés, nació en París el 6 de febrero de 1932. Junto a Godard, Chabrol y Rohmer fue uno de los más claros representantes de la nouvelle vague (nueva ola)

Director y crítico de cine francés, nació en París el 6 de febrero de 1932. Junto a Godard, Chabrol y Rohmer fue uno de los más claros representantes de la nouvelle vague (nueva ola) movimiento de cineastas que se plantearon hacer cine de autor, en el que fueran ellos, aunque con presupuestos bajos, y no la industria cinematográfica quienes tuvieran el control de las películas realizadas. Después de una infancia problemática, dejó el colegio a los 14 años, pasando luego por la cárcel al desertar del Ejército, y llevó una vida azarosa marcada por su afición al cine. Recibió el encargo de su amigo André Bazin, de escribir en la revista de cine Cahiers du Cinéma que aquél dirigía. Truffaut fundó en 1957 la productora Les Films du Carrosse, y debutó como director con Los cuatrocientos golpes (1959), la historia de su alter ego Antoine Doinel, un adolescente incomprendido, cuya historia continúa en El amor a los veinte años (1962), Besos robados (1969), Domicilio conyugal (1970) y L amour en fuite (1979), montada con material sobrante de los anteriores trabajos. Sus películas son un combinación bastante ecléctica, a veces acertada, de comedia, patetismo, suspense y melodrama. Entre ellas destacan también Disparad al pianista (1960), mezcla de farsa y suspense; Jules y Jim (1961), historia de un triángulo amoroso, una de las películas más emblemáticas de la década de 1960; La piel suave (1964), Fahrenheit 451 (1966), basada en la obra homónima del escritor estadounidense Ray Bradbury, El pequeño salvaje (1970), basada en una historia real de finales del siglo XVIII, y donde rememora la idea de Rousseau del “buen salvaje”, Las dos inglesas y el amor (1971), Diario íntimo de Adele H. (1975), El amante del amor (1976) y La chambre verte (1978), adaptación de una obra de Henry James. Su homenaje a la realización cinematográfica, La noche americana (1973), recibió el Oscar a la mejor película extranjera, y su homenaje al teatro, El último metro (1980), tuvo un gran éxito. Si de su etapa como crítico le quedó el apodo de enfant terrible, al convertirse en uno de los estandartes más agresivos de la crítica parisina, su libro de entrevistas con Alfred Hitchcock es un clásico. Truffaut murió en Neuilly-sur-Seine, Francia, en octubre de 1984.

El 21 de octubre de 1984 fallecía, a los 52 años, François Truffaut, uno de los grandes directores europeos de la historia del cine.

Escritor, crítico de cine (la mítica Cahiers du Cinema acogió sus trabajos en los años cincuenta), abanderado de la nouvelle vague junto a Godard, Chabrol y Rohmer, François Truffaut logró con su primera película (Los cuatrocientos golpes, 1959) resumir su estilo y su amor al cine: sentimientos, tintes autobiográficos, la sombra del desamor mezclada con la esperanza y la perenne influencia del séptimo arte a la hora de configurar recuerdos, experiencias y nostalgias soñadas o vividas.

La vida de Truffaut se confunde con sus películas. El cineasta nació en París el 6 de febrero de 1932. Desde muy pequeño se enamora del cine y la literatura y un día llegó a escribir: “Yo creo que el cine es una mejora de la vida”, y tal vez –añadiríamos en su nombre– la manera más fascinante de vivirla. Aunque como replicaría José Luis Garci, los cineastas americanos (que Truffaut amaba, como Hawks, Hitchcock, Walsh…) eran tipos que amaban la vida y por ello hacían buenas películas.

Truffaut creó a su alter ego Antoine Duanel en Los cuatrocientos golpes y se despidió de él en Besos robados. Jean Pierre Leaud creció como actor en este personaje combinando de forma original su propia vida con el escorzo de vida humana que el cine es. Describió el ansia imperfecta de la pareja (con la derivación de un triángulo imposible) en la sobresaliente Jules et Jim (con Jeanne Moreau), rindió culto a Hitchcock en La sirena del Mississippi (1968) con Catherine Deneuve y Jean Paul Belmondo, y narró como homenaje a Rossellini el aprendizaje infantil y la libertad en El pequeño salvaje. En su madurez fue capaz de crear romanticismo a flor de piel en La mujer de al lado, con Gérard Depardieu y Fanny Ardant, un melodrama pleno de emoción y pasión.

Y en 1974 Truffaut nos ofreció La habitación verde, una impresionante película sobre la muerte que tal vez se mantenga como su obra maestra (aunque no haya sido tan popular como las mencionadas o como ese homenaje al cine que es La noche americana).

En 1983 filmó su ultimo trabajo, Vivamente en domingo, con su gran amor Fanny Ardant de protagonista. Y el 21 de octubre de 1984, a los 52 años de una vida corta y en plena creatividad, el cáncer rompía su trayectoria convirtiendo en celuloide sus recuerdos. Redescubrir el cine de Truffaut es sin duda una tarea fascinante para el cinéfilo, pues sus películas resumen sensibilidad, amor y entrega: desde el cine más clásico (Diario íntimo de Adela) hasta el más original (Faherenheit 451, según Ray Bradbury). Pero siempre el estilo sereno y enamorado de Truffaut brilla hasta en la más simple de las imágenes.

Vivamente el domingo (1983), Director, El amor en fuga (1979), Director; La piel dura (1976), Director & Director; Diario íntimo de Adela H (1975), Director; Una chica tan decente como yo (1972), Director; Las dos inglesas y el amor (1971), Director; Domicilio conyugal (1970), Director ; Diario Intimo de Adele H. (1969), Director; El Pequeño Salvaje (1969), Director & Actor / Actriz; Besos robados (1968), Director; La piel suave (1964), Director; Escurrir el bulto (1961), Director; Disparad sobre el pianista (1960), Guionista; Tirad sobre el pianista (1960), Director; Disparad sobre el pianista (1960), Director

LOS ESCRITOS DE FRANÇOIS TRUFFAUT

La Editorial Paidós acaba de editar “El placer de la mirada”, una recopilación de los ensayos, críticas y textos que François Truffaut escribió a lo largo de tres décadas. Más de 10 años separan esta edición en español de la francesa (a cargo de Cahiers du Cinéma). Sin embargo, la lectura de sus páginas demuestra, una vez más, que el tiempo no envejece las grandes ideas.

En 1977, en la revista Pariscope, François Truffaut escribe la crítica de Annie Hall de Woody Allen. Se refiere al director y actor neoyorquino con las siguientes palabras: “Nos lo da todo: su apariencia física, sus ideas sobre la vida y sobre su arte; a menudo da más de lo que cree estar dando; se expone al cien por cien”. Es asombroso descubrir cómo en cada frase que François Truffaut dedica a quienes admira puede encontrarse al mismo François Truffaut. Como si al hablar de Allen, Renoir, Roché o Léaud, el director de Los 400 golpes construyera su propia identidad. Mediante fragmentos dedicados a los otros y escritos con la sensibilidad de un poeta, parecería que siempre se refiere a una misma persona: un artista, un hombre capaz de pensar, de preguntarse sobre sí mismo, sobre lo que hace y lo que siente.

En 1969, en uno de sus artículos más reproducidos (“El hombre más afortunado del mundo”) escribe: “Todos son grandes cineastas (Griffith, Lubitsch, Murnau, Dreyer, Eisenstein, Renoir, Ford, Lang, Kurosawa y otros) porque las películas que ruedan se parecen a ellos, porque expresan al mismo tiempo sus ideas sobre la vida y el cine, y porque estas ideas son consistentes y están presentadas consistentemente”. Es obvia su inclusión dentro de este selecto grupo de coherentes. En cada una de sus películas es posible conocer a Truffaut, comprender sus obsesiones, sus recuerdos y su nostalgia, compartir sus sentimientos y su legendaria soledad.

De la misma forma, en los artículos, ensayos, críticas, prólogos y cartas que Jean Narboni y Serge Toubiana recopilaron -en algún momento junto con Truffaut antes de su muerte en 1984- en “El placer de la mirada” se descubre a un hombre que se desnuda a sí mismo. Un hombre que amaba (y admiraba) demasiado.

Leer al maestro

El libro consta de cinco capítulos. El primero, “El cine en primera persona”, y el quinto, “Un poco de polémica no hace daño”, están dedicados a la realización cinematográfica. Se encuentra aquí uno de los estandartes más polémicos y revolucionarios de Truffaut que luego fue adoptado por la Nouvelle Vague: la famosa “política de autor” con la que el joven crítico de los Cahiers du Cinéma, de tan sólo 22 años, se lanza ferozmente contra los directores franceses del denominado realismo poético y su sucesor, el realismo psicológico (Clouzot, Autant-Lara, Delannoy) y las películas de guionistas, para esgrimir que el único autor (y por lo tanto responsable) de un film es el director.

Truffaut es un joven irreverente. Se mofa de las justificaciones que expresan los realizadores de films mediocres mediante cargos a los productores, y expone como ejemplos, para demostrar que se trata de una falacia, a Robert Bresson -quien necesita encarar personalmente todos los pasos de la realización y encuentra productores dispuestos a respetarlo- y a Jean Renoir -quien acepta las sugerencias de todos los que participan en el rodaje y cuyas películas, sin embargo, son “puro Jean Renoir”.

Esta teoría (que aún se discute cuando se trata de definir quién es el verdadero autor de un film) surgió en un momento en que resultaba necesaria la reacción contra el cine industrial debilitado por las fórmulas y la escasez de ideas. Desde los Cahiers du Cinéma y bajo el padrinazgo de André Bazin, Truffaut y sus compañeros sentaron las bases de la revolucionaria Nueva Ola francesa. Estos jóvenes críticos se convirtieron en cineastas, luego de sepultar a ciertos directores indiscutidos hasta ese momento y de rescatar a Jean Renoir, Robert Bresson, Jean Vigo y Jacques Tati, entre otros, de quienes pronto se declararon herederos legítimos.

Ambos capítulos (el primero y el quinto) constituyen verdaderas reflexiones sobre la ontología del cine. “Si solo se trata, como dice René Clair, de contar una historia mediante imágenes, una vez contadas todas las historias, el arte de la puesta en escena no puede evolucionar más. Pero si se trata de liberar al cine de esa necesidad, entonces queda todo por hacer y Resnais dio un gran paso con Hiroshima Mon Amour, una película sin argumento, emotiva y bella”, escribe Truffaut en 1960 adelantándose a la declaración universal de la muerte de los grandes relatos y a la aparición de films donde la acción narrativa es sacrificada por la expresión de emociones o ideas.

Truffaut es un hombre que cree. En la improvisación, en la urgencia de conmover al público con medios mínimos y en cada película como un reflejo de las preocupaciones en una determinada etapa de la vida del realizador. Es un cineasta que piensa. En la función del cine y en su futuro. Previene que con los avances técnicos, el cine pierde en poesía lo que gana en inteligencia, ensaya alrededor de la adaptación ridiculizando a los guionistas más renombrados de los 50 (Aurenche y Bost) y luego de exponer una serie de pruebas concluye: “el problema de la adaptación es un falso problema”.

El humor de Truffaut está presente en cada uno de sus escritos, aunque quizás el más desopilante sea el denominado “Los siete pecados capitales de la crítica”. La profesión que ejerció durante seis años fue también objeto de cuestionamientos, planteos y especulaciones siempre por encima de los cuales renacía, indemne e idolatrado, uno de los hombres más importantes en su vida: el director de Cahiers du Cinéma André Bazin.

Y en 1969, muestra su preocupación. Los cines están vacíos y sólo encuentra entre las butacas los rostros de aquellos que conoce muy bien porque… ¡trabajan en el cine! Una escena de Los comulgantes (1962) de Ingmar Bergman le sirve de consuelo y parábola para ilustrar la crisis del séptimo arte. Esa película finaliza cuando un sacerdote que perdió la fe decide continuar celebrando misa en una iglesia vacía. Y Truffaut interpreta esta escena en función del cine: “Bergman nos quiere decir que los espectadores del mundo están perdiendo su afición al cine, pero que de todos modos debemos continuar haciendo películas, a pesar de que tengamos nuestras dudas y no haya nadie en las salas”.

La pasión literaria

Desde pequeño, Truffaut había buscado refugio en los libros y en el cine. Su amor por la literatura cuenta con un homenaje directo en Fahrenheit 451, donde sus textos preferidos arden bajo el fuego de la dictadura imaginaria que creó Ray Bradbury, y la literatura aprenas sobrevive en la memoria de unos vagabundos que repiten a Maquiavelo, Poe, Bronte, Austen, Dafoe y tantos otros.

Además, en “El placer de la mirada” Truffaut escribe sobre aquellos hombres casi anónimos que inspiraron varias de sus películas. El cuarto capítulo, denominado “Literatura y cine”, rescata a tres escritores, dos estadounidenses y otro francés, que son los responsables de las historias que están atrás de Disparen sobre el pianista (David Goodis), La novia vestía de negro (William Irish) y Jules Et Jim y Las dos inglesas y el amor (Henri Pierre Roché). Truffaut ensaya alrededor de la obra de estos escritores y un poco se obsesiona por sus historias personales que, según sus ideas, están directamente relacionadas con la obra.

David Goodis vivía solo. Tenía la costumbre de pasear noches enteras por las calles de su ciudad, Nueva York. Sus personajes eran hombres desgraciados signados por un destino trágico, quizá como el del propio Goodis, que murió antes de cumplir los 50.

 William Irish (también responsable de la novela que inspiró La ventana indiscreta de Hitchcock) decidió aislarse en la casa de su abuelo a los 22 años a causa del estado deplorable en el que había quedado su físico luego de una ictericia. En ese tiempo devoró la biblioteca familiar. Al igual que los jóvenes de Cahiers du Cinéma, que ante el panorama del cine francés a fines de los 50 decidieron hacer sus propias películas, Irish, decepcionado por aquellas lecturas, decidió escribir su propia novela. Ese fue el comienzo de su carrera. Para Truffaut hay elementos que permanecen inalterables en cada una de sus historias: sus tramas se desarrollan alrededor de un hombre o una mujer a quien le sucede algo extraordinario. Para estas personas, el amor es algo absoluto, total, exclusivo e irremplazable. “Estos personajes”, dice Truffaut, “nunca hacen nada a medias, ningún imprevisto puede obstaculizar su camino hacia el amor y la muerte”. El director de El último subte no pudo conocer en persona a este escritor de “serie negra” debido a que Irish murió poco días después del estreno de La novia vestía de negro en los Estados Unidos.

El extenso artículo sobre Henri Pierre Roché quizá sea el más conmovedor de todos cuantos figuran en este libro. Truffaut descubrió la novela “Jules et Jim” por casualidad y se enamoró de la prosa poética de Roché, su escaso vocabulario, su estilo telegráfico y “la emoción que nace de la nada, del vacío”. Antes de rodar Los 400 golpes, cineasta y escritor se conocieron y comenzaron a hablar de una adaptación cinematográfica. El director francés atribuye a su egoísmo juvenil el hecho de haber demorado el asunto, porque Roché tenía más de 80 años y murió antes de ver concretado ese sueño en común. Muchos años después de Jules Et Jim, Truffaut se animaría también a adaptar “Las dos inglesas y el amor”. Roché es un artista polifacético, atractivo, misterioso, seductor. No extrañe al lector encontrar en su vida y en su obra, a partir de las palabras de Truffaut, una y mil coincidencias con la vida y obra del realizador francés.

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